miércoles, octubre 16, 2013

El chalecito*




La primera vez que lo vi fue en mi noveno cumpleaños. Jugábamos a la mancha bajo la parra del patio y, al voltear hacia la puerta del fondo lo vi de pie, apoyado elegantemente contra el marco y con las manos en los bolsillos. Llevaba un traje claro, de verano, una corbata verde oliva y el pelo desordenado. Nos miraba como pensando en otra cosa, hasta que posó fuertemente sus ojos en mí como si quisiera decirme algo. Desconocía a aquel hombre, pero al ser mi cumpleaños no era extraño ver una cara diferente en casa. Podía ser un compañero del taller de papá o quizás un empleado de la confitería donde mi madre era cajera. ¿Y si era uno de esos pasteleros que hicieron con tanto esmero mi torta de cumpleaños? Su presencia no me quitó el sueño, y menos en medio del juego. Corrí hacia el otro lado del patio, eludí un brazo extendido, y cuando volví a mirar hacia la puerta, el hombre ya no estaba.
A la hora de soplar las velas de la torta todos rodearon la mesa del comedor; las caritas que apenas sobrepasaban al mantel miraban con ansiedad cómo mi padre encendía las mechas con un encendedor. Niños y adultos se pusieron a cantar lentamente, extendiendo las sílabas como si alguien comenzara a darles manija, y en ese momento creí verlo al fondo, junto a la tía Lidia, levantando la cabeza y buscando la escena, mientras el resto alzaba la voz ya a buen ritmo y con una energía desmesurada. El silencio que siguió al canto me hizo volver a mi momento especial, pedí tres deseos y soplé con fuerza.
En el desayuno, mientras comíamos los restos de la torta, les pregunté a mis padres por el extraño. En mi plato temblaba un trozo de bizcochuelo decorado con las últimas letras de mi nombre.
-¿Qué señor decís?- preguntó mi madre con la boca llena.
-Ese, de traje y corbata verde.
Ambos intercambiaron miradas. Mi padre frunció el ceño.
-¿Estás segura? No vino nadie de traje- sentenció él. –No conozco a nadie que use traje.
Mi madre largó una risita y un pedacito de bizcochuelo, que fue a dar al mantel de hule.
-Capaz que era el príncipe de la Blancanieves de la torta- dijo tentada, y le hizo una guiñada a mi padre.
Ese hombre no era un príncipe, pero preferí no decir nada. Tenía más pinta de joven inmortalizado en una foto antigua, como esas que guardaba la abuela en el primer cajón de la cómoda.
Un par de meses después de mi cumpleaños la casa era un caos. Las cajas de mudanza entorpecían el camino en todas las habitaciones, que no eran muchas. Nos íbamos a vivir con la tía Lidia porque otro hermano de mi madre había pedido su parte de la casa, que había sido de mis abuelos. Mis padres sabían que ese momento podía llegar, pero ahora deambulaban por nuestro hogar perdido como si se hubiese muerto alguien. A mí me entusiasmaba la idea de mudarme. La casa de la tía Lidia era linda, de ladrillo a la vista y tejas rojas. Una especie de chalet en miniatura. Me encantaba su colección de animalitos de cerámica, que me dejaba admirar y sacar del aparador del comedor si prometía limpiarlos uno por uno con un paño húmedo. La cuestión es que andábamos en plena limpieza y transporte de las cajas. Los peones del camión entraban y salían decididos, levantaban las cosas sin  preguntar nada, y parecía increíble que nuestras pertenencias, estáticas durante tanto tiempo, pudieran irse tan rápido. Mi madre y mi tía hablaban en la cocina mientras guardaban las últimas ollas y sartenes. Lidia trataba de convencerla de no llevar las cacerolas más abolladas, porque ella tenía unas más nuevitas, con teflón para que no se pegaran los fideos. Yo fui al patio a ver si me había dejado algún juguete tirado en el parrillero o en el galpón de papá. Al pasar por la entrada de autos, al costado de la casa, vi a un hombre parado en la vereda, del otro lado del portón. Miraba intrigado cómo los peones se pasaban las cajas mientras daba unas pitadas cortas a su cigarrillo. Enseguida salí disparada hacia la cocina, porque lo había reconocido. Era el de traje, el de mi cumpleaños, no cabía duda.
-Mamá, ¡está el hombre del traje, en la vereda!
-¿Qué decís, Mili?
-El hombre de traje que vino a mi cumpleaños. Está en el portón, ¡vení a verlo!
Mi tía me miró torcido.
-¿Qué le pasa a esta nena, Carmen?- le preguntó a mi madre, como si yo no estuviera presente.
-Anda viendo hombres de traje por todos lados. En este barrio, ¡imaginate!
-¿Es buen mozo?- preguntó Lidia con los ojos chisporroteantes y retorciendo un repasador- ¡Capaz que es un buen candidato para la tía, Mili!
La tironeé del repasador y la arrastré hacia la puerta del fondo.
-¡Vení vos a verlo, entonces!
Una vez en el pasillo, le señalé la calle. El hombre miró hacia nosotras, bajó la cabeza y salió disparado.
-¿Lo viste, tía? ¿Tenía traje o no?
La tía me agarró fuerte de la mano y me arrastró de nuevo a la cocina.
-Vamos, nena. No vamos a mirar a la gente que pasa por la calle con todo lo que tenemos que hacer.

En la casa de la tía dejé de tener cuarto propio. Dormía con ella en una habitación del fondo con dos camas viejas de respaldos de madera oscura y adornos retorcidos. A ella no parecía molestarle el hecho de haber cedido su cuarto a mis padres y dormir conmigo en un espacio que antes había sido su cuartito de costura. Por el contrario, creo que lo disfrutaba un poco. Cuando apagaba la luz de la portátil nos quedábamos boca arriba, charlando sobre la vida y viendo con ojos soñadores las paredes pintadas con la luz que se filtraba por las persianas. Yo sentía que esos momentos de intimidad eran propicios para hablar cosas importantes. Le preguntaba por su infancia, por los abuelos, y hasta por qué se estaba recalentando el planeta. Ella suspiraba antes de responder, procesaba mis preguntas con placer. Creo que cuando se apagaba la luz jugábamos un poco, yo a ser inquisidora y profunda, y ella a contestarme como si fuese una estrella de cine en una entrevista. Una noche le pregunté por qué nunca se había vuelto a casar. Acá más que un suspiro largó una bocanada áspera y densa.
-Ay, Mili, son cosas complicadas esas…
-¿Complicadas por qué?
-No es tan fácil a mi edad… Además estoy muy bien sola.
-¿No te aburrís?
-No, qué me voy a aburrir. Y ahora con ustedes acá menos me voy a aburrir.
Escuché cómo se movía en la cama y se daba vuelta hacia la pared.
-Dormite, Mili. Que mañana tenés escuela.

Las primeras semanas la vida familiar fue desarrollándose en armonía. Mirábamos la tele todos juntos en el comedor, la tía se reía de los chistes de papá, mamá no dejaba que nadie lavara los platos, y yo limpiaba los adornitos de cerámica una vez por semana. Ya nadie extrañaba la vieja casa; habíamos encontrado nuestro lugar en el chalecito sin sentirnos de prestado o sapos de otro pozo. La que empezó gradualmente a perder su vitalidad y su risa fácil fue la tía. Deambulaba por la casa buscando rincones serenos. Evitaba nuestra compañía en las noches y lloriqueaba cuando se pinchaba la yema del dedo con una aguja. Mi madre estaba preocupada, le preguntaba cosas en susurros, pero no podía sacar nada en claro. Mi padre la tranquilizaba diciéndole que debía estar en “ese momento de las mujeres”, que sería una cuestión de falta de hormonas. Pero mi madre no se convencía. Presentía que había algo que mi tía no revelaba, y estaba dispuesta a averiguarlo. En mi caso, que compartía la habitación con Lidia en las noches, noté el cambio aunque ella se esforzara por que no fuera así. Sus respuestas a mis preguntas eran menos elaboradas, y se excusaba diciendo que estaba cansada. Pero se movía mucho en la cama y le costaba dormirse. Algunas veces la escuchaba sonarse la nariz, pero si le preguntaba, me decía que tenía alergia al polvo de la alfombra. Para animarla le hice un dibujo. Lo pinté con los marcadores nuevos que me habían regalado en mi cumpleaños y que todavía no había usado. Me esmeré retratando a la familia: mamá, papá, la tía, yo, y el chalet de fondo. Estaba orgullosa de mi obra, de los colores que no sobresalían los bordes de las figuras, y se lo entregué en la cocina, delante de todos. Ella lo tomó, lo recorrió con sus ojos, y se puso a llorar. Se cubrió el pecho con mi obra  y se fue al baño al trotecito.
Cuando llegó el verano las tardes se me hacían largas y aburridas. La tía bajaba la persiana del cuarto y dormía “la siestita del burro”, como decía ella. A mi me daban una pila de revistas de Isidoro Cañones que había sido de papá y pretendían que hiciera lo mismo. Pero me conocía las historias de memoria y tampoco quería dormir. En una de esas siestas me puse inquieta. Desde el colchón apoyé los pies descalzos sobre la pared para ver cuántos pasos podía dar hasta extender las piernas totalmente. Luego, cuando dejó de ser divertido, me colgué cabeza abajo, apoyé las manos sobre las baldosas frías y vi una caja de zapatos debajo de la otra cama. La traje hacia mí muy despacio para no despertar a Lidia, y la abrí. Aparecieron cartas viejas, estampitas de santos y algunas fotos. Casi me llevo la sorpresa de mi vida cuando en una de esas imágenes descubrí al hombre de traje, que no estaba de traje, sino con una camisa blanca inmaculada y una sonrisa resplandeciente. Del lado de atrás alguien había escrito: “Piriápolis. Semana Santa”. Apreté la foto contra el elástico de mis shorts, cerré la caja y volví a dejarla en su lugar.
A la hora de la merienda, mientras la tía había ido a la panadería, saqué la foto para mostrársela a mamá.
-¿De dónde sacaste esto?
-De una caja. Es el hombre de traje, ¿ves? ¡No eran inventos míos!
-Dame eso- dijo arrancándome la foto de mi mano. -Qué tenés que andar revisando las cosas de tu tía.
-Pero…
-Andá al frente a jugar, salí de mi vista antes que me enoje, Mili.
-¿Pero qué vas a hacer…?
-Milagros… Cuento hasta tres y no te quiero ver acá. Uno… dos…


Una tarde de domingo mis padres llevaron las sillas de playa al jardincito del frente. Se instalaron para tomar mate y comer rosca con chicharrones. La tía podaba en silencio las rosas con una vieja tijera de jardín. Yo andaba en bicicleta por la vereda, yendo de esquina a esquina una y otra vez. Mientras me imaginaba que montaba una moto inmensa y daba la vuelta en la puerta del almacén, vi a lo lejos un hombre parado frente al chalecito. Miraba hacia adentro y parecía que hablaba con alguien, sin sacar las manos de los bolsillos. Apuré las pedaleadas para saber de qué se trataba. Cuando estaba a pocos metros me di cuenta.  No sabía si detenerme o seguir de largo, pero mi curiosidad fue más fuerte. Me quedé junto al árbol, a una distancia prudencial, mirando su espalda. La cara de la tía parecía que había visto un fantasma.
-¿Qué hacés acá?
-Lidia… Pensé que…
Mi padre se paró. Se quedó ahí, como en guardia, sacando pecho, sin remera y en chancletas. Mi madre seguía la escena  sin dejar de masticar en cámara lenta.
-No tenés que venir acá, ya lo hablamos.
-Tenemos que hablar.
-¿Quién es este muchacho, Lidia?- preguntó mi madre con la boca llena y con un tono que me pareció extraño, entre irónico y de completa satisfacción.
-¿Todo bien, cuñá? – agregó mi padre con el termo entre sus manos, como si fuese a usarlo para defenderse en caso de ser necesario.
-Sí, sí. Todo bien. Él es… un amigo.
Yo abrí la boca para agregar que yo ya lo conocía, pero me contuve.
-Entonces no lo dejes ahí parado- dijo papá. -Pase, pase, no se quede ahí.
Mi tía bajó la cabeza y se corrió para darle paso.
-Carmen, traele una silla al muchacho. ¿Quiere un mate? Recién lo di vuelta. Mili, vení a saludar al señor. ¿Qué día no? Qué calor espantoso. Dicen que de noche se pudre todo. Pero yo no creo más en los meteorólogos. Tome, agarre un pedazo de rosca, está calentita, recién salida de la panadería. ¿Cómo me dijo que se llamaba?...
A mí la ansiedad me hizo huir y pedalear como loca hasta la esquina. Llegué al almacén con una sonrisa, me detuve para recuperar el aliento y ordenar mis ideas. Cuando di la vuelta ya pensaba en cómo nos íbamos a arreglar, cómo íbamos a hacer para entrar todos en el chalecito.



*Publicado en revista Lento, setiembre de 2013






miércoles, agosto 21, 2013

Cuestión de perspectiva



Cuando me paraliza el miedo, cuando pienso que lo nuestro no puede ser, que es demasiado complicado, me alejo. Más precisamente, me elevo. 
Sobre las azoteas del barrio veo la gente que viene y va, un auto estacionado en doble fila, el perro del vecino oliendo el viejo árbol de la esquina. ¿Me sigue pareciendo difícil? Entonces subo un poco más. Y veo otros barrios. Cómo se recorta el río en el horizonte. Ya casi no diviso nuestro techo ni la ropa colgada. No distingo a la gente, que se convierte en puntitos que se mueven lento. Todavía siento ansiedad. Entonces sigo. Y la ciudad se transforma en una mancha cuadriculada, rodeada de campos fértiles y serpientes de agua. Poco a poco nos desdibujamos, dejamos de tener protagonismo. Me atrevo a seguir, por puro capricho, para convencerme del todo. Y veo el continente, y el océano, y los picos más altos. El planeta se muestra cada vez más redondo y cada vez más lejano. Todo se oscurece. Hace frío y sigo mi viaje. Las estrellas me encandilan y nuestro mundo resulta insignificante, una canica que podría tomar delicadamente y luego devorar de un bocado. En un instante lo pierdo de vista, como si realmente lo hubiese tragado, y me quedo flotando en la nada, sintiendo como palpita mi cuerpo. Cierro los ojos. Finalmente comprendo que somos insignificantes; allá abajo hay dos destellos de energía que debe consumirse como mejor les plazca. Ahora sí, me apuro en descender, en atravesar las nubes y volver a ver el cielo azul. Busco el continente, nuestra pequeña ciudad, nuestro barrio, nuestra azotea, y caigo en el sillón, y te tomo de la mano, y me convenzo de que vale la pena. Que somos tan poca cosa que sería una estupidez que esto, ahora, no fuera todo.




miércoles, mayo 29, 2013

Papa sin sal



  
Hay personas que prefieren no enamorarse, que le temen terriblemente al amor. El miedo a sufrir les hace desarrollar complejos artilugios emocionales para detener cualquier indicio de palpitaciones, rubor en las mejillas, falta de sueño o falta de aire. Lo que no quiere decir que no escojan a alguien como su compañero de ruta. En ese caso eligen una papa sin sal. La papa sin sal no irradia nada en particular. Ni alegría, ni sentido del humor, ni sarcasmo, ni entusiasmo o pasión. Es una sombra. Marca territorio con sigilo, porque sabe que cualquier cosa que fulgure puede llamar la atención de su amante.  Por eso no le pierde pisada. Se mantiene cerca con promesas de estabilidad. Esto funciona por un tiempo. La mansedumbre que le imprime a la relación podría ser irritante para cualquiera, pero para el temeroso amado es cálida y reconfortante.
La papa sin sal puede llegar a ser bella físicamente, pero sin duda carece de atractivo. No tiene una risa contagiosa, ni entusiasmo al hablar, ni una mirada intensa. Pasa desapercibida en grupos grandes o pequeños. Que esté, o no esté, le es indiferente a la mayoría.
Pero no nos engañemos: en el fondo, nadie quiere estar toda su vida al lado de una papa sin sal. ¿Imaginan algo más aburrido que eso? Alguien que sostiene, acompaña, soporta, sí, pero que no irradia luz propia.

Aunque no tengan nada en común, la papa sin sal se amolda, se adapta, soporta, calla. Hará esfuerzos desmedidos por estar a la altura, por mostrarse merecedor del cariño que recibe en cuentagotas. Lo que la papa sin sal sabe, en el fondo, es que probablemente tiene los días contados. Eso en el mejor de los casos. El rechazo inminente de su objeto de deseo puede llegar a darle la oportunidad de tener un brote tierno y verde que busque por sí mismo la luz del sol. Pero por lo general se olvida de sí misma y se pega a su presa, la rodea con convicción, la convence de su amor incondicional,  de que le está dando todo lo que necesita. Quien antes temía al amor ahora ya ni se lo cuestiona; la compañía de la papa sin sal es anestésica contra los dolores del mundo, sobre todo aquellos más terribles, los dolores del amor.



lunes, abril 08, 2013

Sabores de la granja




Una vez alguien se sorprendió al darse cuenta que yo dormía igual que un gato, de costado, con los brazos estirados hacia delante y las piernas recogidas. No me sorprendió la observación. De hecho, no era algo nuevo para mí, que dormía así desde que era una bebé. Dicen que las mascotas se parecen a sus dueños, pero me atrevo a decir que es al revés: los dueños se parecen a sus mascotas.
Mi amor por los gatos ha sido de siempre. Ni siquiera recuerdo muy bien a mi primer gato, porque estaba en casa cuando yo nací y murió cuando yo tenía tres años. Luego diferentes gatos y gatas del barrio fueron haciéndose parte de la familia, algunos con más frecuencia, con más expresiones de cariño o agradecimiento por la comida. De los gatos aprendí muchas cosas. Que no hay excusa para no estar limpia. Que dormir es un placer y una necesidad. Que el ronroneo es una de las mayores y mejores expresiones de placer. Que atormentar cucarachas antes de darles el golpe final es divertido. Que luego de una noche fuera de casa, al volver no hay por qué dar explicaciones.
Mi vida se fue desarrollando así, al ritmo de los gatos. Dormía de día, rodeada de ellos, y salía de noche, a la hora que mis compañeros estaban más alerta que nunca. Me bañaba antes de salir y me bañaba cuando volvía. Comía lo que me dejaran en la heladera, pero mis platos favoritos eran arroz con atún y pollo al spiedo. Mi familia no se preocupaba por mi ritmo de vida, creo que en el fondo les divertía ver cómo los gatos habían influido en mi personalidad. Y si alguna vez les molestaba algo, yo respondía siempre lo mismo: “Los que pusieron un gato en mi cuna fueron ustedes, no yo”.
Cuando conseguí trabajo me fui de casa. Ni el trabajo ni el monoambiente que alquilé eran gran cosa. En el trabajo me costaba mantenerme despierta, y cuando volvía, lo único que quería era dormir. Pero pronto empecé a dormirme en el trabajo. El día que el jefe me descubrió por tercera vez y me echó, no le dije nada. Lo miré con odio a través de mis ojos entrecerrados, y me fui en silencio, orgullosa.
En casa no hacía mucho. Me tiraba en la cama a mirar tele con mis dos gatos. Veía todos los domingos los avisos clasificados, pero no encontraba nada que se ajustara a mí. El dinero comenzó a escasear y la heladera se vació. Los únicos que mantenían el privilegio de la comida eran los gatos. No podía sacrificar su bienestar por culpa de mi desempleo. Seguían comiendo comida para gatos, ahora una marca más barata, pero que igual prometía deliciosos sabores de la granja, como pollo y jamón. Ellos no se quejaban. Es más, esta comida parecía gustarles más. A mi el ruido de las piedritas cayendo en los platitos me tentaba. Tenían un olor fuerte, pero parecían crujientes, y por la ansiedad de los gatos al comerlas, suponía que deberían ser sabrosas. Las empecé a comer como cereales en el desayuno. Las cubría con leche y dejaba que se hincharan. Después pasaron a formar parte de mi almuerzo y de mi cena. Al principio mi estómago hacía un ruido infernal, pero eso solo duró un par de días. Cuando me aburrí de comer siempre lo mismo me llevé los gatos a la azotea para que cazaran palomas. El resultado fue guiso de paloma para todos. Los gatos estaban locos de contentos. Pero mi estómago ya se había acostumbrado a los sabores de la granja, y este cambio repentino le afectó. Me desperté a medianoche con mareo, náuseas y chuchos de frío. Corrí hacia el baño, me arrodillé sobre la alfombra, junto a la ducha, y me preparé. Hice un ruido ahogado con la garganta, y en un segundo estaba afuera. Mi primera bola de pelos. Inmediatamente me sentí mejor. Me lavé los dientes y volví con los gatos, que apenas abrieron los ojos cuando me metí de nuevo en la cama.  


martes, febrero 26, 2013

La almohada





Luego de dos años sin pareja estable y después de seis meses sin tener sexo, comencé sin quererlo a desarrollar un cariño especial por una de mis almohadas. No por la que uso para apoyar la cabeza, sino la de al lado, la que estaba ahí por si alguien se quedaba a dormir. Antes no era una almohada especial, demasiado alta y con el relleno apelmazado, la usaba para incorporarme y leer en la cama; a la hora de dormir la volvía a poner junto a mí, en la cabecera vacía.  

Cuando llegó el invierno mi capacidad para dormir profundamente fue disminuyendo. Daba vueltas en la cama hasta bien entrada la madrugada. Encendía la luz, iba a la cocina a tomar agua, leía, apagaba la luz, volvía cerrar los ojos sin éxito. En uno de esos momentos impacientes pataleé furiosa y me aferré a la almohada. La traje hacia mí, hundí mi cara en su olor (que era mi olor y el suyo) y sentí su forma, su densidad, su calor. Luego me dormí. A la mañana siguiente desperté increíblemente descansada, con ella tibia entre mis brazos, que parecía darme los buenos días. No fui consciente de inmediato, pero mi ansiedad disminuyó gradualmente gracias a la almohada. Su compañía me relajaba, completaba con versatilidad cualquier posición que yo tomara en la cama, se dejaba proteger y me protegía. A veces me dormía envolviéndola de costado, o simplemente la dejaba contra mi espalda para sentir su roce y su presencia. Cada vez que cambiaba las sábanas aprovechaba para darle golpecitos, darle forma, ponerle una funda con olor a limpio y posarla amorosamente contra la cabecera. En la noche el reencuentro me hacía suspirar, su frescura y consistencia esponjosa me introducía en un sueño beato y puro.

Un tiempo después, que no recuerdo si fueron semanas o meses, alguien más durmió conmigo. Fue una conquista rápida e inesperada, divertida y placentera, hasta que llegó la hora de dormir.

La almohada quedó bajo su cabeza.

Además su cuerpo se apretujaba contra el mío dándome excesivo cal0r. Yo trataba de escabullirme con sutileza: primero haciéndome la dormida, luego simulando un bostezo que requería del estiramiento de las extremidades. Pero ese cuerpo apenas conocido me perseguía hasta el borde de la cama, los brazos apretaban demasiado fuerte, la respiración en la nuca me incomodaba. Opté por interpretar un sueño agitado, con espasmos de pies a cabeza. Pareció dar resultado, porque el cuerpo se movió y me dejó espacio. Me dispuse a dormir, pero necesitaba fervorosamente la almohada en mi regazo. Abrí los ojos en la oscuridad y me di cuenta que odiaba que otra cabeza la aplastara. Tenía que rescatarla o no iba a pegar un ojo en toda la noche. No era difícil, simplemente tenía que darle la almohada que yo estaba usando y pedirle la otra. Fue lo que hice. Una vez que la tuve junto a mí fue mucho mejor. Como un gato pasé mis mejillas varias veces sobre su superficie, y cerré los ojos.

Diez minutos después, o quizás más, seguía sin poder dormir.

-Disculpame. Te vas a tener que ir.
-¿Eh?
-No es nada personal, pero tengo que madrugar y no estoy pudiendo dormir.
-Bueno… Pero me llamás un taxi.
-Sí, lo que quieras.

Cuando regresé al cuarto me despatarré feliz sobre el colchón. Ella estaba esperando silenciosa en la penumbra. Extendí el brazo y la convencí de que se acercara. La besé suavemente, como pidiéndole disculpas, y encontramos el sueño un rato después.





lunes, febrero 25, 2013

Metamorfosis





Voy a tirar la remera de Bowie.
Voy a dejarme crecer el pelo.
Voy a regalar los viejos borceguíes.
Voy a usar vestidos con flores y lápiz labial.
Voy a andar etérea, flotando entre dos y tres centímetros del piso.
Voy a rescatar gatitos.
Voy a hundir mis dedos en un campo de trigo.
Voy a hablar con un murmullo imperceptible.
Voy a recoger las mejores flores de mi jardín.
Voy a bajar la mirada y acariciar el cabello tras mis orejas.
Voy a bailar sin mirar a nadie.
Voy a tejer mi propio capullo.
Porque mi corazón es una copa de cristal de Bohemia en precario equilibrio, un juguete melancólico entre los dedos jabonosos de la noche.