martes, febrero 08, 2011

Amigos Imaginarios - James Dean*


Siempre escuché historias que decían que el Porsche 550 Spyder de James Dean estaba embrujado. Que luego del accidente los fierros retorcidos del Little Bastard pasaron de mano en mano, pero sus poseedores siempre terminaban accidentados o muertos. En morbosa procesión el Porsche fue expuesto para que los jóvenes no siguieran los pasos de Jimmy. Pero quienes lo poseyeron lo pasaron mal. Su último dueño, George Barris,  pidió que se lo llevaran de Miami a Los Angeles en un camión. Pero los restos del auto desaparecieron como por arte de magia, no llegaron a destino y nadie sabe qué fue de él.
Hace calor, el aire me seca los labios y el cielo californiano se ve intensamente azul. Dejo de caminar. Me saco la mochila y consulto el mapa. Estoy en la ruta 46, cerca de Cholame, caminando hacia el oeste. Todavía faltan unos veinte kilómetros para el cruce con la 41. Me siento al costado de la ruta para recuperar el aliento. El paisaje es árido y desolador. Hasta hace un rato los autos pasaban frecuentemente, pero me doy cuenta que ahora la ruta está vacía y sólo escucho la brisa removiendo el pastizal.
De repente un zumbido, como un panal de abejas en erupción. Me incorporo de un salto. Luego de unos segundos percibo que el sonido se acerca desde el este. Un destello metálico sobre el asfalto, y cuando menos lo espero, un Porsche 550 con el número 130 tatuado en la trompa estaciona a mi lado. Jimmy lleva unas gafas de sol Ray-Ban, guantes de cuero sin dedos y un sweater a rayas azul y blanco. Está feliz con su juguete nuevo. “¿Hacia dónde vas?” es lo primero que se me ocurre decir. Él enciende un cigarrillo, saborea la primera pitada y contesta: “A Salinas, a una carrera de autos. ¿Qué más puedo hacer con este pequeño bastardo?”. No lo contradigo. Esta máquina invita a correr. Me pregunta hacia dónde voy yo; hacia ningún lado, digo, y me invita a acompañarlo unos kilómetros.
El fuerte ruido del motor no impide que le pregunte de todo, sobre el rodaje de Gigante y sobre su relación con Natalie Wood. Él sonríe, pero es bastante esquivo con las respuestas. Sólo cuando le pregunto sobre actuación se pone elocuente. “Ser actor es la cosa más solitaria del mundo. Estás solo con tu concentración e imaginación, y eso es todo lo que tenés”.
Luego me habla de su gato Marcus, que fue un regalo de Liz Taylor. Lo extraña,  porque ya no vive más con él. Lo devolvió. Pregunto por qué.  "Porque algún día de estos voy a salir de casa y quizás no regrese nunca”.  Lo dice seriamente, mirando el camino y tomando el volante con firmeza. Me quedo mirándolo. Mirando su abundante pelo dorado y su eterna fragilidad.  Dan ganas de abrazarlo. Él reduce la velocidad y detiene el auto cerca de la banquina. “Lo siento. Tengo que seguir solo, tengo que llegar a Salinas antes de las seis”. Miro el cartel de la ruta. Falta un kilómetro para el cruce con la 41. Apenas tomo mi mochila, Jimmy acelera y me saluda por el espejo retrovisor. Lo veo alejarse en su bala de plata, como si tuviera prisa por llegar a casa.

*Publicado en revista Freeway, 2009.

lunes, febrero 07, 2011

Pastel sobre papel


La mujer desnuda, peinándose, muestra a diario su espalda a cientos de visitantes que, como yo, deambulan por el museo. Da pudor mirarla. No por su desnudez. Sino por la intimidad extrema que queda revelada, la mirada atenta y obsesiva de Degas en todos los detalles. Desde donde estoy parado ocupo el lugar del artista. Estoy rígido y con pies cansados, agarrado a mi morral.  Puedo mirarla sin que se dé cuenta durante el tiempo que yo quiera. Puedo ver las pinceladas centenarias; la luz fresca y cálida, pese el paso del tiempo, sobre una piel blanquísima. Me quedo unos cuantos minutos tratando de guardar los detalles en mis retinas. Soy uno más en la lista de voyeurs que husmean en la cotidianeidad de esta mujer que desconocemos. Espero que suelte su pelo, que volteé para ver su rostro, pero no lo hace. La sensación de calma y bienestar se ve turbada por esa verdad. La de la quietud absoluta y definitiva.
Dejo mi lugar privilegiado a una pareja nórdica, y decido que tengo hambre. Subo al café del primer piso, pido un sándwich y una Coca Cola y enciendo la laptop. Voy a hacer mi entrada diaria en el blog, voy a contar las cosas que he visto y sentido en las últimas horas. Un poco para intentar hacer perdurar todas estas emociones, otro poco por simple autocomplacencia. Primero, como es costumbre, reviso la bandeja de entrada. Ignoro los mails de trabajo. Descubro uno cuyo remitente me hace, automáticamente, poner la espalda recta. Cliqueo y lo abro.
 No dice mucho.
O sí.
Leo: “Para vos”. Abro el archivo adjunto. Una foto en jpg que pesa 182k. La reconozco. No necesito ver su cara para hacerlo. Tras el brazo en alto, es ella. Recoge su pelo con ese gesto que le he visto repetir tantas veces. Reconozco la piel bronceada y tensa que beso, huelo, muerdo. La oreja tierna, redondeada e infantil que adhiero a mis labios; el cuello perfumado, amotinador.
Se dilatan mis pupilas.
Me mareo.
En la mesa de al lado, un hombre de mediana edad y de origen incierto, toma café y mira hacia mi pantalla. Instintivamente la muevo, la inclino, desvío la posición de la máquina. Decido ser egoísta, el único espectador; el dueño avaro y codicioso de este instante. Hago de cuenta que me pertenece. Invento que la belleza violenta y absoluta no siempre tiene por qué ser compartida.