lunes, octubre 08, 2012

Cómo matar a Lucy*




Por primera vez en mi vida experimentaba un genuino deseo de matar.
La acumulación de odio y frustración en el cuerpo te hace sentir enferma, como si estuvieses enfrentando la gripe más resistente. Una no tiene dominio o control del cuerpo, algo extraño se apodera del corazón y del resto de los músculos, se fermenta la sangre, se estrecha la garganta y hay una descompensación en el oxígeno que entra a destiempo en los pulmones.
El deseo de matar tiene su clímax, éste se alcanza solamente una vez, cuando todas las condiciones están dadas para que el cúmulo de energía llegue con éxito a su destino.
 En mi caso bastó ver la cara de Lucy para que los síntomas invadieran rápidamente mi cuerpo. Sentí un choque eléctrico en la nuca, un estremecimiento y un mareo caluroso que me arrojó sobre ella. A través de la niebla de mis ojos vi su carita tonta, su estúpido corte de pelo, sus lentes asimétricos, su postura de perdedora, sus párpados caídos, las comisuras dobladas en un gesto de prematura vejez. Es hermoso perder cualquier rastro de racionalidad. Convertirse en un ser completamente salvaje y amoral, sin obligación de cortesía. Es hermoso duplicar tus fuerzas físicas, reducir tu cerebro al tamaño de una nuez, arrojarte con aplomo sobre la nariz puntiaguda y brillante del enemigo, desencajarla en un par de segundos con el filo de tu boca y hacerla sangrar después de un simple crac; arrancarle puñados de pelo en tirones rápidos; hundir las rodillas en el abdomen contraído por el miedo; patearle la cintura hasta dejarla morada; desgarrar con uñas de león sus mejillas sonrojadas; todo eso hasta quedar exhausta, hasta que eso que se movía y resistía no lo haga más. Primero arruinaste mi vida, y ahora me convertiste en esto... Por favor Lucy, no me mires así. 




*Montevideo, 2006.

martes, septiembre 18, 2012

Sábado




Despierto. Unos cinco segundos más tarde me doy cuenta que dormí muy bien, y de que es sábado. Que es sábado de mañana, y suspiro de placer. Todo está como debe ser: la luz que entra por la ventana, la calle desierta, el perro durmiendo a mis pies.
La rutina de los sábados es sagrada: desayunar en la cama, café negro, tostadas, mermelada de frutilla. Prendo la tele y veo el canal clásico, con lo que sea que estén pasando, un especial de los Tres Chiflados o una película de Fritz Lang. ¡Qué placer cada sorbito de café caliente! mirar de reojo hacia la ventana; ver las hojas del plátano y los cables de la luz haciéndose mimos. Es el único momento de la semana que disfruto de mí misma, de mi casa. El único día que puedo esconderme bajo la manta, bicicletear descalza sobre el colchón y templar el cuerpo con temperatura uterina. Si algo se parece a flotar en líquido amniótico, eso debe ser terminar el desayuno, dejar la bandeja a un lado y sumergirse en el calor y olor de nuestra propia cama. Quedarse así, inmóvil, dejando que la mente viaje por donde quiera, sin mirar el reloj. Y volverse a dormir, si es necesario.
Vuelvo a despertar. Antes de levantarme y comenzar la rutina de la ducha y de escoger la ropa, tengo que masturbarme. No importa si tengo pareja o no, si me acuesto con alguien todos los días o no. El sábado que estoy sola en casa tengo que tocarme. Antes, si es necesario, cruzo todo el pasillo, cuidando de no enganchar ningún dedo con alguna pieza floja del parquet, y voy al baño a hacer pis. No puedo masturbarme con la vejiga llena. Entonces regreso a la cama rápido, acomodándome el pijama y disfrutando por anticipado el calor que voy a volver a sentir, sobre todo en los pies, que ya se pusieron fríos.
Me pongo boca arriba y me quedo rígida, como un gato momentos antes de saltar sobre un pobre ratoncito. Pongo la mente en marcha. Busco la historia que me pondrá en sintonía. Pienso que soy muy original en este sentido, porque no recreo escenas vulgares y obvias de películas porno, ni mantengo encuentro con estrellas de cine que son la fantasía poco original de millones de personas. Las mías casi nunca son las mismas; son elaboradas, llenas de escenarios y detalles. Tengo una que se desarrolla en un pueblo desolado y húmedo del siglo XIX, lleno de neblina y barro, de intrigas y tensión sexual. Otra que transcurre en la Toscana italiana, en una casa de campo propiedad de una familia aristocrática y en donde se suscitan encuentros prohibidos entre la servidumbre y el patronazgo. Podría escribir un libro, lo sé, o un guión cinematográfico, pero dejarían de ser mis fantasías, y yo quiero que sean solo mías.


Escondo la mano adentro del pijama. Del televisor sale una cancioncita divertida que llama mi atención; veo a Marlene Dietrich enfundada en un esmoquin. Les sonrío a la distancia a los programadores del canal. Ella se acomoda la galera, echa el humo del cigarrillo, y sale al ruedo en un bar revoltoso. Es la película Morocco. Los hombres la ven y abuchean, solo uno parece interesado y la aplaude. Ella mira la situación entre divertida y desdeñosa, fuma, llena la pantalla de humo y se me frena el corazón.
Estoy entre la multitud. Ella comienza a caminar entre las mesas y a cantar. Un hombre quiere tocarla y ella lo esquiva. Termina la canción, bebe como un chico, cruzamos miradas. No decido si soy hombre o mujer. No importa.
Me encanta ser parte de esta escena. Extenderla, completarla a mi gusto. Esperar el beso. Ir tras bambalinas. ¿Hubo alguien tan hermosa alguna vez?

Llego a mi objetivo con bastante facilidad. 






jueves, agosto 30, 2012

Un consejo




Cuando tenía doce años me dieron el mejor consejo de mi vida. Lo hizo una tía abuela, un domingo caluroso, cuando preparábamos la mesa para el almuerzo en su vieja casona del Prado. Mientras yo acomodaba la vajilla inglesa ella encendió un Republicana sin filtro y tosió como un perro enfermo. Sin preámbulos me preguntó si estaba enamorada. “Enamorada”. La palabra me ruborizó. Le dije que no. Entonces esta mujer, que había conducido un jeep militar con guantes de cuero, que había sido una especie de Mata Hari de su época, me miró a los ojos, lanzó un humo espeso y me señaló con su dedo huesudo. “Recordá esto que te voy a decir. Nunca te enamores de alguien que sea menos inteligente y menos interesante que vos”. Yo sonreí con timidez, acomodé los tenedores de alpaca y creí entender. Ella estaba sola, en una gran casa llena de fantasmas, intentando salvarme. Sabía lo que decía. 




jueves, julio 26, 2012

Morrón y cuenta nueva




Un día nos conocimos y nos gustamos.
El problema era que nuestros corazones estaban chamuscados y adoloridos. Cada vez que nos acercábamos se contraían, reculaban, no querían saber de nada.
Así que ante la incapacidad de ofrecernos mutuamente nuestros órganos, los sustituimos por morrones.
Morrones recién arrancados. Rojos. Intensos. Brillantes. Perfumados.
Se adaptaron rápidamente a nuestros cuerpos. No latían como los corazones. Tenían una vibración casi imperceptible y constante, un cosquilleo fresco que impulsaba la sangre y erizaba los lóbulos de las orejas.  
Así es como cada vez que escribía en mi libreta y pensaba en sus ojos, dibujaba un pequeño morrón cruzado por una flecha. A su vez, un día de San Valentín recibí por debajo de mi puerta una esquela que decía “Mi morrón te pertenece”.
Hoy somos felices. Cada vez que pasamos por delante de una verdulería y vemos un cajón lleno de morrones, sonreímos. 




sábado, julio 14, 2012

Cepillos




En el baño guardo una caja llena de cepillos de dientes. Son de mis ex parejas o de personas que podrían haberlo sido, pero dejaron su cepillo antes de que la relación prosperara.
De hecho tengo una teoría: cuando alguien deja su cepillo, es el principio del fin. Siempre ha sido así. Mis relaciones se empiezan a deteriorar ni bien aparece un Colgate o Pico-Jenner en el vasito de cerámica.
Tengo de todos colores y en diferentes estados. Rojos, violetas, azules, amarillos, naranjas; con mango ergonómico, futuristas o de líneas simples; apenas usados o con las cerdas mirando hacia lugares diferentes.
 Cuando la cajita se empieza a llenar, los voy sacando. Me sirven para remover el sarro del desagüe de la pileta.


lunes, julio 09, 2012

Globo de nieve



Sacudo el globo de nieve en mi mano. Lo dejo sobre el escritorio y apoyo la cara sobre mis brazos para ver la escena. Sé que va a ser breve. Me las ingenio para meterme rápido, para verme y ver desde adentro de la cúpula de vidrio. Las partículas blancas se van asentando en el suelo de plástico. Pero para mí ya no es nieve falsa ni una representación tosca y mal pintada de una ciudad. Ya es una calle fría en vísperas de navidad. Camino por la acera húmeda que absorbe las luces coloridas de los escaparates. Levanto el cuello de mi chaqueta de cuero y enciendo un cigarrillo. Mis botas viejas taconean firmes, espantan a los gatos vagabundos de las esquinas, alertan a los drogones en los portales sucios. Busco un bar. Un lugar cálido para escuchar canciones viejas y emborracharme. La nieve está amainando. El cielo entre los edificios se aclara. Todo es demasiado silencioso. Un cartel de neón me da la bienvenida. Quito la nieve de mis hombros; abro una puerta y desaparezco. 




lunes, mayo 07, 2012

Diseñador



Sos mi cian, magenta y amarillo.
Las combinaciones de vos me estimulan.
Tu perfume con tu lunar con tu sonrisa.
Tus cutículas con tus pestañas con tu pelo.
Tu silencio con tu sudor con tus ideas.
Tu ombligo con tus besos con tus orejas.
Sos mi paleta Pantone al 100%.
Piel sólido mate con aroma a papel recién impreso.