miércoles, octubre 16, 2013

El chalecito*




La primera vez que lo vi fue en mi noveno cumpleaños. Jugábamos a la mancha bajo la parra del patio y, al voltear hacia la puerta del fondo lo vi de pie, apoyado elegantemente contra el marco y con las manos en los bolsillos. Llevaba un traje claro, de verano, una corbata verde oliva y el pelo desordenado. Nos miraba como pensando en otra cosa, hasta que posó fuertemente sus ojos en mí como si quisiera decirme algo. Desconocía a aquel hombre, pero al ser mi cumpleaños no era extraño ver una cara diferente en casa. Podía ser un compañero del taller de papá o quizás un empleado de la confitería donde mi madre era cajera. ¿Y si era uno de esos pasteleros que hicieron con tanto esmero mi torta de cumpleaños? Su presencia no me quitó el sueño, y menos en medio del juego. Corrí hacia el otro lado del patio, eludí un brazo extendido, y cuando volví a mirar hacia la puerta, el hombre ya no estaba.
A la hora de soplar las velas de la torta todos rodearon la mesa del comedor; las caritas que apenas sobrepasaban al mantel miraban con ansiedad cómo mi padre encendía las mechas con un encendedor. Niños y adultos se pusieron a cantar lentamente, extendiendo las sílabas como si alguien comenzara a darles manija, y en ese momento creí verlo al fondo, junto a la tía Lidia, levantando la cabeza y buscando la escena, mientras el resto alzaba la voz ya a buen ritmo y con una energía desmesurada. El silencio que siguió al canto me hizo volver a mi momento especial, pedí tres deseos y soplé con fuerza.
En el desayuno, mientras comíamos los restos de la torta, les pregunté a mis padres por el extraño. En mi plato temblaba un trozo de bizcochuelo decorado con las últimas letras de mi nombre.
-¿Qué señor decís?- preguntó mi madre con la boca llena.
-Ese, de traje y corbata verde.
Ambos intercambiaron miradas. Mi padre frunció el ceño.
-¿Estás segura? No vino nadie de traje- sentenció él. –No conozco a nadie que use traje.
Mi madre largó una risita y un pedacito de bizcochuelo, que fue a dar al mantel de hule.
-Capaz que era el príncipe de la Blancanieves de la torta- dijo tentada, y le hizo una guiñada a mi padre.
Ese hombre no era un príncipe, pero preferí no decir nada. Tenía más pinta de joven inmortalizado en una foto antigua, como esas que guardaba la abuela en el primer cajón de la cómoda.
Un par de meses después de mi cumpleaños la casa era un caos. Las cajas de mudanza entorpecían el camino en todas las habitaciones, que no eran muchas. Nos íbamos a vivir con la tía Lidia porque otro hermano de mi madre había pedido su parte de la casa, que había sido de mis abuelos. Mis padres sabían que ese momento podía llegar, pero ahora deambulaban por nuestro hogar perdido como si se hubiese muerto alguien. A mí me entusiasmaba la idea de mudarme. La casa de la tía Lidia era linda, de ladrillo a la vista y tejas rojas. Una especie de chalet en miniatura. Me encantaba su colección de animalitos de cerámica, que me dejaba admirar y sacar del aparador del comedor si prometía limpiarlos uno por uno con un paño húmedo. La cuestión es que andábamos en plena limpieza y transporte de las cajas. Los peones del camión entraban y salían decididos, levantaban las cosas sin  preguntar nada, y parecía increíble que nuestras pertenencias, estáticas durante tanto tiempo, pudieran irse tan rápido. Mi madre y mi tía hablaban en la cocina mientras guardaban las últimas ollas y sartenes. Lidia trataba de convencerla de no llevar las cacerolas más abolladas, porque ella tenía unas más nuevitas, con teflón para que no se pegaran los fideos. Yo fui al patio a ver si me había dejado algún juguete tirado en el parrillero o en el galpón de papá. Al pasar por la entrada de autos, al costado de la casa, vi a un hombre parado en la vereda, del otro lado del portón. Miraba intrigado cómo los peones se pasaban las cajas mientras daba unas pitadas cortas a su cigarrillo. Enseguida salí disparada hacia la cocina, porque lo había reconocido. Era el de traje, el de mi cumpleaños, no cabía duda.
-Mamá, ¡está el hombre del traje, en la vereda!
-¿Qué decís, Mili?
-El hombre de traje que vino a mi cumpleaños. Está en el portón, ¡vení a verlo!
Mi tía me miró torcido.
-¿Qué le pasa a esta nena, Carmen?- le preguntó a mi madre, como si yo no estuviera presente.
-Anda viendo hombres de traje por todos lados. En este barrio, ¡imaginate!
-¿Es buen mozo?- preguntó Lidia con los ojos chisporroteantes y retorciendo un repasador- ¡Capaz que es un buen candidato para la tía, Mili!
La tironeé del repasador y la arrastré hacia la puerta del fondo.
-¡Vení vos a verlo, entonces!
Una vez en el pasillo, le señalé la calle. El hombre miró hacia nosotras, bajó la cabeza y salió disparado.
-¿Lo viste, tía? ¿Tenía traje o no?
La tía me agarró fuerte de la mano y me arrastró de nuevo a la cocina.
-Vamos, nena. No vamos a mirar a la gente que pasa por la calle con todo lo que tenemos que hacer.

En la casa de la tía dejé de tener cuarto propio. Dormía con ella en una habitación del fondo con dos camas viejas de respaldos de madera oscura y adornos retorcidos. A ella no parecía molestarle el hecho de haber cedido su cuarto a mis padres y dormir conmigo en un espacio que antes había sido su cuartito de costura. Por el contrario, creo que lo disfrutaba un poco. Cuando apagaba la luz de la portátil nos quedábamos boca arriba, charlando sobre la vida y viendo con ojos soñadores las paredes pintadas con la luz que se filtraba por las persianas. Yo sentía que esos momentos de intimidad eran propicios para hablar cosas importantes. Le preguntaba por su infancia, por los abuelos, y hasta por qué se estaba recalentando el planeta. Ella suspiraba antes de responder, procesaba mis preguntas con placer. Creo que cuando se apagaba la luz jugábamos un poco, yo a ser inquisidora y profunda, y ella a contestarme como si fuese una estrella de cine en una entrevista. Una noche le pregunté por qué nunca se había vuelto a casar. Acá más que un suspiro largó una bocanada áspera y densa.
-Ay, Mili, son cosas complicadas esas…
-¿Complicadas por qué?
-No es tan fácil a mi edad… Además estoy muy bien sola.
-¿No te aburrís?
-No, qué me voy a aburrir. Y ahora con ustedes acá menos me voy a aburrir.
Escuché cómo se movía en la cama y se daba vuelta hacia la pared.
-Dormite, Mili. Que mañana tenés escuela.

Las primeras semanas la vida familiar fue desarrollándose en armonía. Mirábamos la tele todos juntos en el comedor, la tía se reía de los chistes de papá, mamá no dejaba que nadie lavara los platos, y yo limpiaba los adornitos de cerámica una vez por semana. Ya nadie extrañaba la vieja casa; habíamos encontrado nuestro lugar en el chalecito sin sentirnos de prestado o sapos de otro pozo. La que empezó gradualmente a perder su vitalidad y su risa fácil fue la tía. Deambulaba por la casa buscando rincones serenos. Evitaba nuestra compañía en las noches y lloriqueaba cuando se pinchaba la yema del dedo con una aguja. Mi madre estaba preocupada, le preguntaba cosas en susurros, pero no podía sacar nada en claro. Mi padre la tranquilizaba diciéndole que debía estar en “ese momento de las mujeres”, que sería una cuestión de falta de hormonas. Pero mi madre no se convencía. Presentía que había algo que mi tía no revelaba, y estaba dispuesta a averiguarlo. En mi caso, que compartía la habitación con Lidia en las noches, noté el cambio aunque ella se esforzara por que no fuera así. Sus respuestas a mis preguntas eran menos elaboradas, y se excusaba diciendo que estaba cansada. Pero se movía mucho en la cama y le costaba dormirse. Algunas veces la escuchaba sonarse la nariz, pero si le preguntaba, me decía que tenía alergia al polvo de la alfombra. Para animarla le hice un dibujo. Lo pinté con los marcadores nuevos que me habían regalado en mi cumpleaños y que todavía no había usado. Me esmeré retratando a la familia: mamá, papá, la tía, yo, y el chalet de fondo. Estaba orgullosa de mi obra, de los colores que no sobresalían los bordes de las figuras, y se lo entregué en la cocina, delante de todos. Ella lo tomó, lo recorrió con sus ojos, y se puso a llorar. Se cubrió el pecho con mi obra  y se fue al baño al trotecito.
Cuando llegó el verano las tardes se me hacían largas y aburridas. La tía bajaba la persiana del cuarto y dormía “la siestita del burro”, como decía ella. A mi me daban una pila de revistas de Isidoro Cañones que había sido de papá y pretendían que hiciera lo mismo. Pero me conocía las historias de memoria y tampoco quería dormir. En una de esas siestas me puse inquieta. Desde el colchón apoyé los pies descalzos sobre la pared para ver cuántos pasos podía dar hasta extender las piernas totalmente. Luego, cuando dejó de ser divertido, me colgué cabeza abajo, apoyé las manos sobre las baldosas frías y vi una caja de zapatos debajo de la otra cama. La traje hacia mí muy despacio para no despertar a Lidia, y la abrí. Aparecieron cartas viejas, estampitas de santos y algunas fotos. Casi me llevo la sorpresa de mi vida cuando en una de esas imágenes descubrí al hombre de traje, que no estaba de traje, sino con una camisa blanca inmaculada y una sonrisa resplandeciente. Del lado de atrás alguien había escrito: “Piriápolis. Semana Santa”. Apreté la foto contra el elástico de mis shorts, cerré la caja y volví a dejarla en su lugar.
A la hora de la merienda, mientras la tía había ido a la panadería, saqué la foto para mostrársela a mamá.
-¿De dónde sacaste esto?
-De una caja. Es el hombre de traje, ¿ves? ¡No eran inventos míos!
-Dame eso- dijo arrancándome la foto de mi mano. -Qué tenés que andar revisando las cosas de tu tía.
-Pero…
-Andá al frente a jugar, salí de mi vista antes que me enoje, Mili.
-¿Pero qué vas a hacer…?
-Milagros… Cuento hasta tres y no te quiero ver acá. Uno… dos…


Una tarde de domingo mis padres llevaron las sillas de playa al jardincito del frente. Se instalaron para tomar mate y comer rosca con chicharrones. La tía podaba en silencio las rosas con una vieja tijera de jardín. Yo andaba en bicicleta por la vereda, yendo de esquina a esquina una y otra vez. Mientras me imaginaba que montaba una moto inmensa y daba la vuelta en la puerta del almacén, vi a lo lejos un hombre parado frente al chalecito. Miraba hacia adentro y parecía que hablaba con alguien, sin sacar las manos de los bolsillos. Apuré las pedaleadas para saber de qué se trataba. Cuando estaba a pocos metros me di cuenta.  No sabía si detenerme o seguir de largo, pero mi curiosidad fue más fuerte. Me quedé junto al árbol, a una distancia prudencial, mirando su espalda. La cara de la tía parecía que había visto un fantasma.
-¿Qué hacés acá?
-Lidia… Pensé que…
Mi padre se paró. Se quedó ahí, como en guardia, sacando pecho, sin remera y en chancletas. Mi madre seguía la escena  sin dejar de masticar en cámara lenta.
-No tenés que venir acá, ya lo hablamos.
-Tenemos que hablar.
-¿Quién es este muchacho, Lidia?- preguntó mi madre con la boca llena y con un tono que me pareció extraño, entre irónico y de completa satisfacción.
-¿Todo bien, cuñá? – agregó mi padre con el termo entre sus manos, como si fuese a usarlo para defenderse en caso de ser necesario.
-Sí, sí. Todo bien. Él es… un amigo.
Yo abrí la boca para agregar que yo ya lo conocía, pero me contuve.
-Entonces no lo dejes ahí parado- dijo papá. -Pase, pase, no se quede ahí.
Mi tía bajó la cabeza y se corrió para darle paso.
-Carmen, traele una silla al muchacho. ¿Quiere un mate? Recién lo di vuelta. Mili, vení a saludar al señor. ¿Qué día no? Qué calor espantoso. Dicen que de noche se pudre todo. Pero yo no creo más en los meteorólogos. Tome, agarre un pedazo de rosca, está calentita, recién salida de la panadería. ¿Cómo me dijo que se llamaba?...
A mí la ansiedad me hizo huir y pedalear como loca hasta la esquina. Llegué al almacén con una sonrisa, me detuve para recuperar el aliento y ordenar mis ideas. Cuando di la vuelta ya pensaba en cómo nos íbamos a arreglar, cómo íbamos a hacer para entrar todos en el chalecito.



*Publicado en revista Lento, setiembre de 2013






1 comentario:

Anónimo dijo...

Impresionante viaje. Perfecto. Además me trasladó a una infancia en un lugar tan familiar... pero a veces tan lejos. Aire fresco para el alma.