sábado, diciembre 11, 2010

Sangre azul



Dicen que las nenas siempre queremos ser princesas. Vivir en un mundo rosado representado hasta el hartazgo por esas horribles bitches de Disney. Bueno, ese no era el tipo de princesa que yo quería ser. Yo quería ser una princesa de verdad, y siendo muy chica me inventé una historia que mi familia festejaba a las risas, pero que en el fondo yo me creía un poco.

Luego de ver a los cinco años el casamiento de Lady Di y el otro tipo, mi imaginación se disparó. Evidentemente nunca antes había visto algo así. Era un cuento de hadas de la vida real, una cola de novia kilométrica que llegaba a mi casa en directo a través de una pantalla de tele diminuta. Desde entonces empecé a creer que esa gente la pasaba bárbaro, que por algún motivo se merecía esa vida de ensueño, y que quizás yo también formara parte de eso.

Así que le dije a mi madre que ya sabía la verdad, que yo era la hija ilegítima de Grace Kelly, y que me había tenido que dar para evitar un escándalo. Entonces mis hermanas mayores eran Carolina y Estefanía. Y un día el príncipe Rainiero iba a darme su apellido y así sería una Grimaldi más.

Con el tiempo mi sangre azul se fue diluyendo. No salí en la tapa de ¡HOLA! ni hice equitación. No tuve un yate con mi nombre ni fui amiga íntima de Athina Onassis. No fui a esquiar a los Alpes suizos ni estudié en París.

Mi vida de princesa no fue como en Mónaco, pero no estuvo nada mal. Cada tanto me llevaban el café con leche a la cama, sobretodo los sábados de mañana. Me cuidaron cuando estuve enferma. Me llevaron a la playa. Me dieron un cuarto que convertí en mi mundo, comida rica, mascotas, un hermano protector, sábanas limpias, abrazos y besos.

2 comentarios:

AgustinZ dijo...

me encantó! :)

Mariana dijo...

La más hermosa de todas las princesas...