lunes, enero 23, 2017

El cuartito del fondo



Llegué al apartamento de los Gutiérrez porque no tenía otro lugar a dónde ir. Era eso o meterme en una pensión, o volverme a mi ciudad con todos mis petates y un título universitario que iba a juntar polvo en la pared de la pieza de mi madre. Ahora trabajaba, podía pagarme la cuota del celular y comprar verduras, dulce casero, fiambre y pescado todas las semanas en la feria, pero me tenía que olvidar de alquilar un apartamentito. Estaba a punto de recibirme, ya era hora de abandonar la residencia estudiantil pero la plata no daba ni para un monoambiente.  Averigüé de alquilar algo entre varios, algún amigo o amiga de la facultad que quisiera compartir, pero casi todos se desperdigaron; si eran de Montevideo preferían estirar la estadía en la casa familiar para ahorrar plata, o se iban a vivir en pareja; si eran del interior buscaban asilo en la casa de algún pariente o se volvían al pago y escapaban de Montevideo.

Una compañera de residencia me habló de su amiga Roxy, que vivía con la familia ahí cerca y que alquilaban un cuartito. Podía usar la cocina, el baño, el lavarropas, y no cobraban mucho. Me entusiasmé y fui a conocerlos un domingo después del mediodía. La que me abrió la puerta con un repasador en el hombro fue Gloria, la madre, que ostentaba un resistente brushing de fin de semana. Al entrar vi a los Gutiérrez de sobremesa: Tito, el padre, de vientre abultado y mejillas espinosas, Roxy, con un mechón turquesa y jeans tan ceñidos que parecían ser parte de sus piernas, y Marcos, el hermano menor, desgarbado y perdido dentro de una camiseta del Barça. Tito bajó el volumen del televisor y me preguntó si quería flan con dulce de leche. Decliné la invitación por pudor, aunque ganas no me faltaban, y me fui a recorrer el viejo apartamento con Gloria. Estaba el cuarto del matrimonio, bastante oscuro porque la ventana daba a un pozo de aire. Luego el cuarto de Roxy, sin ventanas, y detrás de un tabique el cuartito de Marcos, que si bien era diminuto era el único con el privilegio de un tragaluz que daba a los fondos del edificio. Me condujo por un pasillo al baño principal, amplio, anticuado, lleno de toallas colgadas, y un poco más allá la cocina, que no era demasiado grande pero cómoda: tenía espacio para una mesita con dos sillas. En la cocina había una puerta que llevaba al balcón donde se tendía la ropa, y enseguida otro pasillo breve con dos puertas: el bañito con la lavadora y el dormitorio para alquilar.
Acá en el baño tenés una duchita, así que es como un baño privado, y este de acá es el dormitorio para compartir con la mamá de Tito.

No entendí. Cuando le iba a preguntar de qué estaba hablando, entré y me encontré con una viejita acostada en una de las dos camas. Tenía las piernas cubiertas por una manta, pero dos almohadas debajo de su cabeza la dejaban incorporada para tejer con comodidad. Tenía un rebozo de lana azul sobre los hombros y unos lentes diminutos en la punta de la nariz.

¡Nenona! Vino una chica a ver el cuarto. Ella es Nenona, la madre de mi esposo. Una santa, no joroba para nada. Ni la vas a sentir. ¿Ves? Es amplio el cuarto, y eso que es un cuarto de servicio. Tiene un placar grande, podemos correr las cosas de la abuela para aquel lado así te quedan unos estantes y lugar para tus perchas. Tiene ventana, eso es bueno, entra mucha luz. Y tenés esta cama con colchón nuevo y esa mesita tipo escritorio para trabajar o hacer tus cosas. Disculpame que no te pregunté, ¿a qué te dedicás tú?

Yo seguía anonadada por la presencia de la anciana, que apenas movió la cabeza para darnos un vistazo rápido y seguir con sus labores.
Eh… Me recibo ahora de contadora. Trabajo en un estudio, empecé hace poco.
¡Ah, mirá vos! ¿Escuchaste, Nenona? Es contadora la chica.
Nenona ni se inmutó.

Me traje lo básico: una valija mediana, algunos libros, un par de tazas, una estantería para colgar arriba de la cama. Era verdad: Nenona ni se sentía. Llegué a pensar que no hablaba. Estaba todo el día tejiendo en la cama o en el sillón del living, se sentaba a tomar mate dulce en la mesita de la cocina y a veces salía a dar una vueltita por el barrio. De noche dormía profundamente, no roncaba, y no parecía molestarle la luz de mi veladora que quedaba encendida hasta tarde. Los que eran más difíciles de evitar eran los otros. De mañana Gloria conquistaba la cocina sin escatimar en ruidos. Desde el cuartito la sentía encender la radio con las noticias, prender el lavarropas, revolver las ollas para sacar el jarro de la leche, golpear la caldera sobre la hornalla. Después llegaba Tito que colgaba la toalla mojada en el balcón, se preparaba el mate, le cambiaba la emisora a Gloria y ponía una que pasaba tangos. Yo trataba de salir de la habitación cuando se habían ido, agarraba mis cosas y me metía en el bañito para ducharme. Cuando salía, Nenona ya estaba en la mesa de la cocina con su mate de porcelana, me miraba por encima de los lentes y me hacía una mueca desdentada que yo descifraba como sonrisa cómplice. Entonces sacaba mi yogur de la heladera, me servía los cereales y le preparaba tostadas con mermelada de higos sin preguntarle. Iba a lavarme los dientes, y cuando volvía, ya habían desaparecido del plato.

Yo no estaba en casi todo el día. Después del trabajo trataba de organizar cosas con algún amigo, ir a tomar mate por ahí, salir a andar en bici, ir a algún bar, cosa de estar lo menos posible en el apartamento o encerrada en el cuarto con Nenona. Me desilusionó darme cuenta que Roxy no era muy compinche y que no contaba con ella como amiga; se pasaba el día tirada en el sillón con el novio o pintándose las uñas. Marcos era menos previsible. Sus idas y venidas eran un misterio, pero  cuando estaba en casa se encerraba en su cuartito o fumaba porro en el balcón. Gloria era administrativa en una importadora. Apenas regresaba se sacaba los zapatos de taco de doce centímetros y se ponía el jogging. Más tarde llegaba Tito de trabajar en la barraca con el suplemento deportivo abajo del brazo, enfilaba para el baño y se quedaba ahí como una hora. Mientras tanto yo estudiaba para el último examen en la mesita de mi cuarto, Nenona tejía y algunas veces me dejaba un mate recién cebado junto a la pila de libros.

Un mes después de mi llegada me invitaron al almuerzo del domingo.  Eso me cayó bien, porque los domingos eran días de extrañar a mi propia familia y tener un plato de pasta y una comida bulliciosa me sacaba un poco la melancolía. Ayudé a Gloria a colar los tallarines y a volcar el tuco sobre la fuente. Ya en la mesa Tito y Marcos miraban un programa con los goles del fin de semana, Nenona devoraba la flauta que estaba en la panera y Roxy decidió salir del cuarto recién cuando la comida llegó al comedor. Se notaba que Gloria quería un almuerzo agradable, charlar un poco de forma civilizada, y la única que le seguía el hilo de la conversación era yo. Estábamos hablando de las ventajas de echarle un par de cucharadas de azúcar al tuco cuando sentimos un golpe de puño sobre la mesa y unas patas de silla que se arrastraban bruscamente sobre el piso de madera. Fue tan rápido todo, Tito con ojos de huevo duro y la boca como la de un pez fuera del agua; Tito qué te pasa, Gloria le abre la boca como hacía con sus hijos cuando se atoraban, Tito que le da un manotazo y se cae para atrás: entonces el golpe; Nenona se para con dificultad, Roxy grita y llora y Marcos que le dice cállate enferma, hacé algo. Entre tanta confusión Nenona me pasa el teléfono y disco el 911, pero para cuando llegan Tito está inconsciente y con la piel azul.
Qué domingo. Mi primer almuerzo con los Gutiérrez terminó con Tito en un cajón. En la sala velatoria, perfumada por los claveles, me sentí la peor persona. En lo único que podía pensar era en todo lo que tenía que estudiar para mi examen final. Nenona se sentó junto a mí. Me apretó la mano con la suya, suave y fría.

Después de salvar el examen me fui unos días a descansar a la casa de mi madre. Cuando volví, el panorama no era alentador. Los platos sucios se amontonaban en la pileta, en la mesa o en cualquier superficie plana; el televisor estaba prendido sin que nadie lo mirara y ninguno parecía vivir más allá de sus propio dormitorio. Encontré a Nenona desmejorada y desalineada. La ayudé a darse un baño caliente y le preparé una merienda suculenta. Saqué la basura, lavé la cocina y puse a lavar la ropa que se acumulaba en el canasto del baño grande. Fui a golpearle la puerta a Roxy para que me ayudara a poner en orden el comedor, porque la mesa todavía tenía puesto el mantel y todas las cosas de aquel domingo nefasto. Golpee dos veces y la voz de Marcos detrás del tabique me informó que su hermana se había ido a quedar a la casa del novio, que hacía varios días que estaba ahí. Le pedí entonces ayuda a él, pero me contestó que se tenía que ir en cinco minutos, algo urgente. No me sentí preparada para molestar a Gloria, así que me encargué de poner todo en orden yo sola.

Con el transcurso de los días todo parecía encaminarse. Gloria volvió a conquistar la cocina con sus ruidos y la radio. Roxy no aparecía a no ser que tuviera que llevarse ropa, y las rutinas de Marcos eran tan erráticas como siempre. Yo me aseguraba de que Nenona tuviera algo para comer, o le dejaba sobre la mesa un papel con lo que había que traer del almacén. Después me iba a trabajar y no volvía hasta entrada la noche. Una madrugada, luego de unas cervezas con amigos, me bajé de un taxi en la esquina del apartamento. En la puerta del edificio había dos patrulleros, varios policías y algunos vecinos. Me asusté, obviamente, pensé que podían haber robado a alguien, o que algún viejito había dejado el gas prendido. Cuando quise entrar un oficial me preguntó a dónde iba. Cuando le dije me agarró de los hombros y me colocó a un costado, como si fuera un jarrón: “va a tener que contestarnos unas preguntas”, me dijo. Qué susto, ya me veía llamando a mi madre y pidiéndole plata para la fianza, como en las películas, cuando vi salir a  Marcos  del edificio con los brazos en la espalda y un policía escoltándolo. Tenía la camiseta de los Boston Celtics toda torcida y la cabeza hundida en el pecho como un criminal profesional. Atrás venía Gloria, chillando. “¡Es un nene! ¡Se le murió el padre! ¿Cómo se lo llevan así?”. Al parecer Marcos no solo le estaba vendiendo marihuana a todos los gurises del barrio, su empresa se había extendido varios barrios a la redonda. Un maestro de la ilusión, debo decir, porque nunca nadie percibió nada, a no ser por sus idas y venidas misteriosas. 
 
Gloria entró en una depresión profunda. Dejó de ir a trabajar y no salía de la cama. Roxy venía a visitarla un par de veces por semana, se quedaba una media hora, juntaba algo de ropa y se volvía a ir. El silencio del apartamento daba hasta un poco de miedo. Con Nenona nos atrincheramos en la cocina. Comíamos ahí, escuchábamos los tangos de Tito en la radio y cerrábamos la puerta del cuarto para que no se llenara de olor a guiso o pollo al horno. No sabía qué hacer con Gloria. Trataba de vestirla a la fuerza, sacarla a dar una vuelta, pero cada vez era más difícil. Una mañana Nenona me trajo la agenda de teléfonos de Gloria. Ahí estaban los números de todos sus hermanos, pero el que me interesó fue el de Rita, su hermana mayor, la que vivía en Buenos Aires. Gloria me había contado al pasar que eran muy unidas de chicas, y que la extrañaba más que a nada. La llamé y le conté la situación. La señora me habló con mucha calma, sin alarmarse, y prometió hacerse cargo. Dos días después estaba tocando el timbre de casa. Entró con determinación, como una tromba. Era alta, elegante, y me quedé como idiota mirando cómo se sacaba dedo a dedo unos finísimos guantes de cabritilla. Abrió las ventanas, sacó a Gloria de la cama, la mandó a la ducha y nos sentó a Nenona y a mí en el comedor. “Me la voy a llevar, no le hace bien quedarse acá, en la casa donde vio morir a Tito y donde metieron preso al hijo”, dijo, de una forma que denotaba cierto placer. Con Nenona cruzamos miradas. Me parecía bien que Gloria estuviera con alguien cercano, que cambiara de aire. ¿Pero qué iba a pasar ahora con el apartamento? ¿Qué iba a hacer yo? ¿Y Nenona? Mi cara de preocupación no se le pasó por alto, porque enseguida agregó: “lo mejor va a ser que te quedes en el apartamento, por Nenona. Ella no tiene a nadie y esta es su casa y Gloria me dijo que ustedes se entienden muy bien. Ya sabemos que con Roxy no se puede contar. No te preocupes por los gastos de la casa, de eso me encargo yo”. Hablaba con tanta firmeza que no se me hubiese ocurrido contradecirla. Solo pude asentir con la cabeza.

—Les hice una tortita con dulce de leche.
—¡Ay! ¡Gracias Nenona! ¡No te hubieras molestado! —exclama mi amiga Ceci.
—Molestia ninguna.
—Tomate un tecito con nosotras, Nenona. —agrego.
—No, no. Sigan ustedes tranquilas. Yo me voy a terminar los ruedos de unas polleras.
—Gracias, Neno.
La observamos mientras se va con su pasito acompasado, como el de un soldadito a cuerda.
—Es un amor —susurra Maite.
—Es. —digo con cierto orgullo—. Está chocha con su cuarto nuevo, recién pintado.
—Y tu cuarto quedó divino también —dice Ceci. —¿Qué vas a hacer con el cuarto chico? Mirá que Estefa está necesitando para alquilar.
—Decile que me llame, que me llame mañana y arreglamos.