miércoles, julio 08, 2015

Los libros de tu vida



Los libros favoritos de Madonna:
  • War and Peace - León Tolstói 
  • To Kill a Mockingbird - Harper Lee
  • The Catcher in the Rye - JD Salinger
  • The Heart is a Lonely Hunter - Carson McCullers
  • For Whom the Bell Tolls - Ernest Hemingway
  • As I Lay Dying - William Faulkner
  • Giovanni’s Room - James Baldwin
  • The Bell Jar - Sylvia Plath





viernes, mayo 15, 2015

Los bolches



Cuando estaba en el liceo mis amigos y yo éramos los bolches. Era el rótulo que nos habían puesto los demás. Eso quería decir que tomábamos como propias todas las causas, hasta las perdidas o las inexistentes. Éramos los primeros en salir a defender al compañero suspendido por romper el vidrio de una ventana de un pelotazo, o a la piba que se había anotado todo el resumen de biología en el dobladillo de la pollera. Sentíamos que todo era una mierda, y a la vez, no. Antes de entrar nos juntábamos en las escaleras. Tomábamos mate y fumábamos. Nico llevaba la matera, el mate y el termo, y entre todos hacíamos la baquita semanal para comprar yerba. Cuando faltaba algún profesor, o cuando simplemente no pintaba entrar a clase, jugábamos al truco en el bar de la esquina. El gallego no nos quería vender cerveza, pero si no hacíamos mucho barullo nos dejaba ocupar una mesa. Qué botón el gallego. Bien que cuando iban las trolas de la otra clase y le hacían caiditas de ojos les regalaba un chop para que lo tomaran entre todas. Nosotros no nos quemábamos. Con el mate lavado la íbamos llevando. Lo importante eran los campeonatos de truco que armábamos. Eran impresionantes. A Nico y a mi casi nunca nos ganaban. Éramos la pareja top entre los bolches. La pareja linda. Yo usaba la camisa leñadora de Nico. Y teníamos el pelo igual de largo. Me encantaba el pelo de él, me gustaban los pibes de pelo largo en esa época. Y pensaba que me gustaba su aliento a tabaco y yerba, y su olor a jabón de lavar y a humedad. Siempre estábamos juntos. Llegábamos al liceo de la mano, y a la salida me acompañaba a la parada del ómnibus. Éramos los que llevábamos la batuta en las asambleas. Aunque yo era más la secretaria que tomaba nota y él era como la versión teen del Che. Nico era respetado. Tenía ese aire místico cuando se quedaba pensativo y cebaba mate. A mi me gustaba su lado justiciero, su permanente estado de alerta frente a la autoridad. Un invierno hubo una marcha de todos los liceos. Fue increíble. Estuvimos una semana pintado banderas y armando pancartas. Y él iba delante de nosotros, con la cara tensa, animando a todos a seguirlo con los cánticos y las palmas.
Todo era así, lindo. Las remeras Hering negras se iban destiñendo, y a mi me parecía que era lo único que perdía color. Hasta que pasó lo que tenía que pasar. Resulta que entró un pibe nuevo. Hank. Era hijo de un inglés. Era medio concheto. Todos los días se paraba el jopito con gel. Tenía un par de remeras Lacoste y un vaquero Pepe Jean que le había traído el viejo de Londres. Y se afeitaba los tres pelos que tenía, pero se ponía un after shave que nos empezó a tener locas a todas. Hasta a nosotras, que parecía que esas cosas no nos iban. Si, a las bolches, las hippies, las sucias. Porque preferíamos ser eso que ser las conchetas, las huecas. Las que iban a bailar marcha todos los sábados. Todas esas lo rodeaban. Pero él se hacía amigo de todo el mundo. Era como que no tenía prejuicio con nadie. Un día se puso a jugar al truco con nosotros. Y hasta nos consiguió cerveza, porque al gallego le gustó eso de tener a un inglés en el bar mugroso. Era bueno jugando al truco. Le dio unas cuantas palizas a Nico. Yo pensé que Nico lo iba a empezar a odiar, pero cosa rara, se hicieron amigos. Muy amigos. Entonces los tres fuimos inseparables. Él también me acompañaba a la parada. Iba con nosotros a todos lados. A mi no me molestaba. A Nico tampoco. Pero no pasó mucho tiempo hasta que a mi me empezó a molestar Nico. Quería estar sola con el inglés. Las veces que nos habíamos puesto a charlar sin Nico en el medio, yo sentía que flotaba. Se podía hablar de todo con el inglés. Era conversador, no como Nico. Y como tenía tres hermanas mayores, se sentía cómodo entre mujeres, y entendía todo. Terminó de conquistarme una tarde que yo tenía dolores menstruales y fue hasta la farmacia a comprarme un remedio, y ni tuve que decirle cuál, y después me preguntaba cómo me sentía y me miraba con ternura como si fuese una enferma terminal. Empecé a sentirme fea al lado de él. Le devolví la camisa leñadora a Nico y me compré un busito nuevo. Me dejaba más seguido el pelo suelto, y aunque no sabía nada de inglés, ya que iba en contra de mis principios, escuchaba atentamente los cassettes que Hank me grababa con bandas del under londinense, y él trataba de familiarizarse con los que yo le grababa, cosas de Charly García, Legião Urbana y Los toreros muertos. Nico no decía nada. Así que yo seguía haciendo la mía, tratando de quedarme sola con el inglés y poniéndome celosa si él hablaba con alguna otra. La última semana de clases se armó un gran campeonato de truco. “El desafío final” le pusimos. Lo tomamos muy en serio. Vivíamos instalados en el bar del gallego. Éste se puso pesado porque nunca le consumíamos nada, así que le dimos el gusto y pedíamos una botella grande de pomelo para todos. Otros compañeros de clase venían a rodear la mesa. El bar se convirtió en una extensión del liceo, y los parroquianos de la barra nos empezaron a mirar mal. El campeonato fue peleadísimo. Como era de esperar Nico y Hank quedaron en la final, sacándose chispas. Estaba medio liceo ahí, esperando por la definición. Nunca se supo quién ganaría. Porque a un pelotudo se le ocurrió gritar en medio de la montonera: “Y por qué juegan, ¿a ver quién se va a tirar a la Lorena?”
Y la Lorena era yo.
En vez de levantarse a trompear al que había gritado, Nico me mandó una mirada de odio, y después perdió su calma habitual y se lanzó arriba de la mesa, derechito al cuello del inglés, y la botella de pomelo casi vacía y los vasos volaron y el gallego se calentó y con ayuda de los viejos de la barra que estaban esperando la más mínima falta de nuestra parte, los agarró y los sacó del brazo para la vereda y les dio un sermón que parecía que iba a durar toda la tarde. Después del espectáculo la cosa se disolvió y cada uno se fue para su casa, y yo me quedé ahí sin saber qué hacer, sintiéndome rara por tener que ir a la parada sola.




martes, mayo 12, 2015

Actor hiperrealista



Me presento. Soy actor hiperrealista. No hay mucha diferencia con un actor regular, a no ser porque tengo que ponerme literalmente en el lugar del personaje. Antes de interpretar a un bombero me entrené como tal y me convertí en uno. Nunca ejercí. Sólo interpreté a uno. Muy heroico, eso sí. Cuando hice de un tipo acabado, apostador y borracho, me sumergí en las carreras y el alcohol. Mi hígado se enfermó, mi familia me abandonó, pero no podía dar marcha atrás, lo requería el personaje. Perdí toda la plata en el casino, en el hipódromo, en las riñas de gallo. Dejé de bañarme y de afeitarme, y por poco casi olvido que todo era para crear al personaje. De hecho resultó tan creíble que recibí varios premios ese año. Luego me llamaron para interpretar a un simpático travesti que se prostituía para juntar dinero para el cambio de sexo. Entonces me bañé, me afeité, me olvidé de las apuestas y del alcohol, y empecé a hacer la calle. Estoy desarrollando un papel muy convincente, creo que será un éxito en la obra, más que el bombero. Mi clientela aumentó, pude ahorrar bastante, y ya tuve entrevistas con el cirujano y el psiquiatra. Dicen que estoy listo. Me hace sentir bien que se hayan creído mi interpretación, quiere decir que voy por buen camino. Espero que la operación no interfiera con el estreno de la obra.

jueves, mayo 07, 2015

Gay Talese. Retratos y encuentros de un periodista excepcional





"Hay que tener curiosidad, paciencia y perseverancia, pero la cualidad más importante es la paciencia. Por eso cuando un director o algunos de los que están arriba te meten presión e impaciencia, que es lo que domina en la cultura y el periodismo, alimentado por internet, hay que recordarles que si quieren calidad se necesita tiempo, y así se creará un producto bello". Gay Talese.

Al leer el artículo escrito por Gay Talese sobre el boxeador Joe Louis, Tom Wolfe lo bautizó como “el padre del nuevo periodismo” (aunque a Wolfe también le han dado esa etiqueta). Talese rechazó el rótulo con su elegancia natural, alegando que nada de lo que aparecía en ese reportaje era nuevo para él.

Hijo de un sastre de Calabria y de una madre italoamericana, Talese se crió en New Jersey tras el mostrador de la tienda de ropa de sus padres, donde aprendió a escuchar, a observar a los clientes con atención. Allí encuentra él la base de su forma de contar, de ese periodismo que se disfruta como buena literatura, que hace énfasis en los detalles para revelar la verdad de los personajes sin olvidar la importancia de una frase bien escrita.

A sus 78 años, Talese sigue activo, despierto y manteniendo su espíritu de dandy rebelde. Ataca a los periodistas de la era de internet, que crean sus notas desde atrás de un escritorio. “Lo que tienes que hacer es salir y buscar la información. Es muy importante escuchar y ver los gestos de las personas cuando hablan. No se trata de conseguir la información desde tu entorno, sino en el entorno en el que esas personas están. Tiene que haber un contacto físico con la persona a la que quieres describir”.

Retratos y encuentros (Alfaguara) reúne algunos de sus trabajos más emblemáticos, como la crónica “Frank Sinatra está resfriado”que publicó en 1965 en Esquire, y que fue elegida en 2003 como la mejor que se haya impreso en esa revista. Una joyita que no solo desnuda a un personaje icónico, sino que entretiene y atrapa como la mejor ficción. También deambulan personajes como Muhammad Alí, Fidel Castro o Joe DiMaggio. Amantes del buen periodismo y de la buena literatura, encontrarán en este volumen buenas dosis de ambos.





jueves, marzo 26, 2015

Ligas mayores*



Los estadounidenses se empeñaron en llevar el béisbol más allá de las fronteras de nuestra galaxia. Por momentos parecía que era lo único que les interesaba. Soñaban con ver a los otros seres del Universo con caps y hotdogs en las tribunas, y las ligas mayores con equipos foráneos (como una forma de modernizarla y adaptarla a los nuevos tiempos). Ni que hablar de la tanda publicitaria en los partidos que se transmitirían vía satélite: una cosa es que te vean en la otra costa del país, ¡y otra cosa es que te vean en la otra punta de la vía láctea!
Se organizaron bien. Cientos de voluntarios fueron preparados para invadir los planetas con vida inteligente e instruirlos en el deporte. Improvisaban las canchas, mostraban películas de jugadas memorables, repartían caps y camisetas de diferentes equipos, los Boston Red Sox, los Philadelphia Phillies, los New York Mets, los New York Yankees, los Chicago Cubs, los Pitsburgh Pirates, y narraban con entusiasmo las hazañas de Babe Ruth, Hank Greenberg, Mickey Mantle y Joe DiMaggio. Lo más difícil era explicar las reglas. Una vez entendidas las reglas lo más difícil era contagiar la pasión por el deporte. Cientos de voluntarios volvían a la Tierra frustrados, rojos de ira, heridos, y más nacionalistas que nunca. No podían entender cómo podían fallar en tantos planetas, cómo era tan difícil hacerles entender lo apasionante que era el béisbol. No podían soportar ver a los seres extraños parados en la base sin saber qué hacer, viendo pasar la pelota por el costado, o si lograban batear, ya habían olvidado el paso siguiente.
Para el béisbol la conquista del espacio fue todo un fracaso. Las canchas que quedaron desperdigadas terminaron teniendo diferentes usos: en algunos lugares lo juegan cada tanto según lo entendieron; en otros las preservan como un recuerdo de aquellos extraterrestres entusiastas y sonrientes que un día se fueron sin dejar rastros, y en otros simplemente las tapó el polvo y la arena.


*De "Guía para un universo", 2004.

lunes, marzo 16, 2015

Gato en el ropero y otros haikus





  
Estos haikus poco tienen que ver con Japón. Al menos en el contenido. Por curiosidad tomé la estructura de 5-7-5 sílabas y la usé a mi gusto. Decidí contar lo que pasaba en ese momento particular de mi vida. El resultado son textos que hablan de la playa, de gatos, de amor, de la infancia, de personajes que admiro. Pero también quería hacer un libro que diera gusto tocar, mirar, oler, volver a leer. Por eso me di el gusto de contar con las hermosas ilustraciones de Adela Casacuberta y las fotos de Bernadette Laitano. 






viernes, marzo 13, 2015

Reflexiones sobre un tal Julio*





Hay escritores que ofician de señuelos. Su misión es atrapar a los lectores más huidizos, los que leen solo en verano e incluso a esos que no tienen ni una pequeña biblioteca. Estos escritores tienen colores brillantes y plumas, te miran con ojos grandes y entusiastas, invitándote a hincarles el diente. Ellos abren la puerta, nos tientan con la posibilidad de ingresar definitivamente a un mundo que difícilmente abandonemos mientras estemos vivos. Esos escritores no son siempre los mismos. Pueden variar de persona a persona. Hay quienes se verán en un principio atraídos por los colores de H.P. Lovecraft, otros por Edgar Allan Poe, algunos por Jorge Luis Borges, o Paul Auster, o Agatha Christie, o Ray Bradbury o incluso Corín Tellado. Pero hay escritores que tienen record olímpico en esto de iniciarnos en masa, en esa tarea casi siempre sin intención de atraparnos fuertemente y tirar de la tanza. ¿Cabe alguna duda de que Julio Cortázar es uno de ellos?
*
Un día descubrí que dos de mis personajes literarios favoritos se parecían mucho entre sí: la Maga de Rayuela y Holly Golightly de Desayuno en Tiffany's. Frágiles, tiernas, desordenadas, llenas de secretos, amigas de los gatos, estas dos chicas se mueven por París y Nueva York con tanta frescura, arrojo e inocencia en sus ojos que la frialdad de la ciudad no puede doblegarlas. Nunca me cayó muy bien Horacio de Rayuela. Está tan ensimismado en sus ideas y en sí mismo que es incapaz de mostrarle a la Maga un poco de compasión cuando ella realmente lo necesita. En cambio, en Nueva York, el escritor se siente intrigado por Holly, se desvive por comprenderla y desentrañar sus misterios. Truman Capote lanzó Desayuno en Tiffany's en 1958; Rayuela es de 1963. No me parece casual, o al menos es un dato curioso, que haya solo cinco años entre estos dos personajes entrañables.
*
Los libros son pacientes. Ellos te esperan, no importa cuánto tiempo deban hacerlo. Yo dibujaba con crayolas sobre el piso vinílico y ellos me miraban desde la biblioteca de mis padres. Ahí estaba todo el boom latinoamericano esperando por mí: Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez. También estaba el Montevideo más triste y extraño con Juan Carlos Onetti y Felisberto Hernández, la fecunda generación del 45 y otras joyas clásicas como Gustave Flaubert y Honoré de Balzac. Años más tarde también me adentraría en las fiestas y los pasteles de crema de Katherine Mansfield, en las mujeres exuberantes de Jorge Amado y en las historias cotidianas con giros fantásticos de Julio, que me dejaban atónita, fascinada, y que me provocaron los primeros impulsos por la escritura.
Pero en mi infancia no sospechaba todo lo que podían contener aquellas páginas. Sabía que eran objetos preciados, que aunque estuvieran viejos se les ponía un forro de nylon y se les acomodaba la solapa con cinta adhesiva para que no se desarmaran. Estaban ahí, inevitables para la vista ocupando toda una pared, pero yo todavía los atisbaba como algo aburrido: no tenían ilustraciones, tenían muchas palabras difíciles. Prefería mis revistas de Archie o Mafalda.
*
Los libros que se acumulan, todos los volúmenes que una quisiera leer y los años que no alcanzan. Vivo con una ansiedad permanente por el paso del tiempo, por lo corta que es la vida en relación a tantas páginas que quisiera devorar. Julio lo explica muy bien en Rayuela, y de paso calma un poco mi angustia: “Realmente no me aflige gran cosa no haber leído todo Jouhandeau, a lo sumo la melancolía de una vida demasiado corta para tantas bibliotecas, etc. La falta de experiencia es inevitable, si leo a Joyce estoy sacrificando automáticamente otro libro y viceversa, etc. La falta de experiencia es inevitable. Quiero tatuarme esa frase en la cabeza. Y de paso elegir con mucho cuidado el siguiente libro que voy a tomar.
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Cuando Julio pasaba por Montevideo se quedaba en el Cervantes, un hotel céntrico que solía ser tranquilo y misterioso, y en el que se hospedaron Adolfo Bioy Casares y Borges. Tanto Bioy como Cortázar eligieron el hotel como escenario y protagonista de dos de sus cuentos, de argumentos similares: “Un viaje” y “La puerta condenada”. Este último es uno de mis favoritos de Julio: una clase magistral de cómo envolver y arrastrar al lector al desenlace sin una sola palabra de más. Es magnífico en la descripción de ambientes, personajes, sonidos y estados de ánimos. Perturbador hasta quitar el aliento, es ideal si se buscan emociones intensas en una noche de soledad y tormenta. Apuesto que más de uno dejó la luz prendida después de leerlo.
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Si pudiera hacerme del DeLorean de Back to the future aprovecharía para viajar a los cafés de Saint-Germain des Près de París para ser testigo de esas tertulias interminables entre los artistas e intelectuales más efervescentes del siglo veinte. Simone de Beauvoir, Jean Paul Sartre, Marguerite Duras, Ernest Hemingway y André Breton en el Café de Flore; Pablo Picasso, Albert Camus y Julio en Les Deux Magots. Meterme ahí, entre el humo, los vasos y las botellas y simplemente observarlos y escuchar. Para esta gente el frío, la ropa raída o las pocas monedas en el bolsillo no empañaban la sed insaciable de ideas filosóficas y literarias revolucionarias que poco más tarde transformarían el mundo. Finalmente, caminaría una tarde junto a Julio por el barrio Latino, él altísimo, con sus manos en los bolsillos del gamulán, y yo diminuta, mirando hacia arriba y escuchándolo con atención. Él prendería un cigarrillo y me señalaría personajes, y enseguida hablaría de ellos con ese acento tan de la gorge, encantador y propiamente suyo. Al caer el sol estaríamos repartiendo volantes en las calles del mayo francés; yo me dejaría contagiar por esa romántica y pasional quimera de que construir otro mundo es posible.
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“¿Los detectives salvajes es la Rayuela de nuestra generación?” le preguntaron a Roberto Bolaño poco antes de morir. Él contestó: “Mi novela es una pobre novela comparada con Rayuela”. Claro que no es cierto. Rayuela marcó la cancha, rompió estructuras, influenció a muchos que vinieron después, incluso a Bolaño a la hora de escribir ese libro magnífico que también supo marcarnos. Todos deberíamos tener en la juventud un encuentro con Rayuela como manual para la vida. Alguien debería hacerlo, pasar la posta, abrirnos los ojos, advertirnos: “tome, usted casi es un adulto, lea esto y luego vuele”.
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A los veinte años pensaba que Historias de cronopios y de famas era cosa de hippies. Yo escuchaba a The Clash y odiaba a los hippies. Con ese libro sentí que Cortázar me había decepcionado, lo sentí como el amigo rockero y virtuoso que un día decide hacer baladas pop para salir en el top ten de la radio. Así que me hice la distraída y lo tomé como un simple tropiezo en su rica carrera literaria. Él podía permitirse eso, textos que se imprimían en artesanías y en fotocopias que se entregaban en el ómnibus a cambio de alguna moneda. Luego de varios años, y volviendo a releer esas historias, pienso que la que tenía un problema era yo, un deseo profundo de ser cronopio y un fama interior que no me dejaba en paz. Además, quién puede enojarse con un libro que tiene una frase como esta: “En un pueblo de Escocia venden libros con una página en blanco perdida en algún lugar del volumen. Si un lector desemboca en esa página al dar las tres de la tarde, muere”.
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El hombre con ojos de gato, ese era Cortázar para mí incluso antes de leerlo. Al ver su fotografía en la solapa de los libros, sus ojos separados y claros me atravesaban. Pero no era una mirada perturbada o cínica. Eran los ojos de un gato que descansa en tu regazo y ronronea entre alerta y divertido. Julio era un amante de los gatos, como yo. Las fotos con su gata Flanelle son una delicia. En ellas sus 1.95 metros se ponen a la altura de la pequeña criatura, él la mima con sus manazas, juega, se olvida del fotógrafo. Varios de sus textos tienen gatos, y él sabe captarlos con un amor y comprensión solo comparable a la pluma de Colette. Más que el “cronopio mayor”, para mí él es un gato disfrazado de Cortázar:

“[…] los gitanos y los traductores internacionales no tienen gatos, un gato es territorio fijo, límite armonioso; un gato no viaja, su órbita es lenta y pequeña, va de una mata a una silla, de un zaguán a un cantero de pensamientos; su dibujo es pausado como el de Matisse, gato de la pintura, jamás Jackson Pollock o Appell […]” (Último Round).

“Todo aquí es tan libre, tan posible, tan gato” (Salvo el crepúsculo).
“[…] y los gatos, siempre inevitablemente los minouche morrongos miaumiau kitten kat chat cat gatto grises y blancos y negros y de albañal, dueños del tiempo y de las baldosas tibias, invariables amigos de la Maga que sabía hacerles cosquillas en la barriga y les hablaba un lenguaje entre tonto y misterioso, con citas a plazo fijo, consejos y advertencias” (Rayuela).

Julio fue uno de los pocos que me mostró que el humor puede ser parte de la literatura. O mejor aún: que el humor es fundamental en la literatura. Que se pueden usar palabras locas, comunes, lunfardas, localistas, combinadas sin prurito con un poco de buen francés. Que no hay que ser tan ceremonioso, que escribir era como jugar. Que invitar al lector a ese juego no te hace menos intelectual o menos valioso que un escritor acartonado y sumido en sus pesares. Julio no envejece en ninguna estantería, es el eterno muchacho, el niño alto, ocurrente y enamorado; una delicada mezcla de felino, Peter Pan y Dorian Gray. 


*Del libro "Cortázar sampleado", 2014.


jueves, enero 08, 2015

Cordón Soho (2014) Cap.1




1.
Se despertó y la resaca fue todo lo que sintió. Se desperezó, salió de la cama, se calzó las pantuflas y levantó la persiana para dejar entrar el sol. Apretó fuerte los párpados y se concentró en el dolor de cabeza que le empezaba en la nuca y le terminaba entre medio de los ojos. Fue a la cocina haciéndose masajes en la base de la nariz y en el pasillo chequeó que el cuarto de Tati estuviera vacío.
Continuó y en el camino se topó con los restos de la fiesta de la noche anterior. Con desgano se preparó un café con leche, lo empinó de pie apoyada contra la mesada y cuando terminó se dispuso a arreglar el desastre. Abrió la ventana del living para sacar el olor a cigarrillo, vació los ceniceros, lavó los vasos, embolsó las botellas, lavó la licuadora, roció Blem sobre los muebles, sacudió la tela de los sillones, barrió y pasó un trapo húmedo y jabonoso por todo el piso.
  Los recuerdos le venían borrosos, en oleadas. Había sido una noche movida, con amigos suyos y de Tati yalguna que otra cara nueva que no se sabía muy bien cómo había llegado ahí. Ella había empezado a disfrutar la velada al segundo mojito, cuando dejó de importarle si los invitados usaban posavasos o si entraban con los pies sucios. Conectó la Mac a los parlantes, abrió el Virtual Dj y se encargó de ambientar la reunión, lo que resultó en un éxito en la pista de baile (el espacio de living que quedaba una vez que se corría la mesa de café y el sillón). Bailaron desde Abba hasta los Yeah Yeah Yeahs, desde Erasure hasta The Sex Pistols, desde Lady Gaga hasta Rafaela Carrá. Las botellas vacías no dejaban de acumularse en la cocina, alguien fue a comprar hielo a la estación de servicio, los mojitos fueron lo mejor que se le ocurrió a Tati, que no dejó de machacar menta toda
la primera mitad de la noche. El cogollo llegaba en cantidades industriales y hasta hubo dos o tres que se dieron un saquecito en el baño. No faltó nadie. Pasadas las tres de la mañana incluso llegó el gordo Gizmo con dos amigos. Tati le había mandado un mensaje cuando él estaba en el bar, y para no cortarse solo invitó a sus amigos y enfilaron a pie las diez cuadras que los separaban del viejo apartamento. Valentina en seguida puso los ojos sobre la chica que llegó con él. Una morocha de ojos negros y cerquillo que le llamó la atención. Al otro chico ya lo conocía, era Miguel, un egresado de la escuela de cine, menudo y raído, al que dos por tres se encontraban en Cinemateca y se les pegaba como chinche.
Gizmo era más que nada amigo de Tati, y esa para Valentina era una amistad difícil de explicar. Era artista plástico, músico semifrustrado, o dicho de otro modo, un dealer a tiempo completo. Tenía más de cuarenta años y se rodeaba de la crema juvenil y roquera del momento. Le decían Gizmo porque era redondo y de ojos grandes, pero si lo tocaba una gota de agua seguramente se convertiría en un gremlin furioso. Deambulaba entre la gente con el vaso en la mano, como un dandi arrogante y venido a menos. Hasta que alguien le daba charla, y si el interlocutor demostraba tener un mínimo de nivel cultural, sacaba a relucir su lado erudito y sensible.
La chica, que rápidamente averiguó se llamaba Carolina, no dejó de bailar en toda la noche. Valentina chequeó qué música era la que la activaba más y empezó a organizar el set según su lenguaje corporal. Los puntos altos de entusiasmo fueron con Daft Punk, Billy Idol, Cassius, Madonna y Chuck Berry. La estrategia funcionó porque se le acercó varias veces para celebrarle la selección, hasta que la tomó de la mano y la sacó del puesto de dj para bailar.

Cuando terminó de limpiar, se duchó y se apuró para llegar a tiempo al almuerzo familiar. Los domingos eran los días para volver al caparazón, para recuperarse del fin de semana, para dejarse mimar por sus padres y luego volver a casa, andar por el viejo apartamentito en pijama sin que nadie la molestara. Tati casi nunca estaba los domingos, trabajaba o se iba a pasar el día a la casa de su madre en Sayago y no volvía hasta la noche. Una vez de regreso y si hacía menos de quince grados, Valentina prendía la estufa a gas, abría el Illustrator en la computadora y se ponía a trabajar. Le ponía “reproducir” a una carpeta que justamente se llamaba “Domingo” y que contenía canciones de The Nacional, The head and the heart, She and Him o Fiona Apple. Todo era más que perfecto cuando había en la casa una barra de chocolate y suficiente café para poner en el fuego.

Faltaba poco para el amanecer y recurrió a la carpeta “Tranqui”. Los pocos que quedaban en el apartamento mutaban en el suelo o en el sillón, hablaban una media lengua que destilaba alcohol y nicotina. Se recostó contra una pared y encendió un cigarrillo. Carolina se le unió y le pidió fuego. Tenía el cerquillo hacia el costado y el rímel un poco fuera de lugar, como en una imagen en 3D vista sin lentes, lo que para Valentina la hacía verse más real e interesante. Hablaron sobre música, libros y cine. Se rozaron, apoyaron la cabeza en el hombro de la otra, se sonrieron sin motivo, estuvieron de acuerdo en que deberían ver juntas Mulholland Drive y compartieron un último vaso de cerveza casi tibia. Gizmo se levantó del sofá para ir a servirse agua a la cocina. Cuando pasó junto a ellas no las miró, pero dijo por lo bajo: “yo sé lo que está pasando”, y continuó su camino. Carolina bajó los párpados e hizo una mueca con la boca; luego buscó el teléfono en el bolsillo de su campera de cuero.
Chequeó mensajes mientras Valentina se terminaba la cerveza y pensaba cómo iba a terminar la noche.
—Me tengo que ir.
—¿Ya?
—Sí... ¿“Ya” decís? Está saliendo el sol —y se rio con
una risa ronca.
—Por eso. Quedate.
—No puedo... —y la miró con lástima, o con culpa. Valentina no supo bien.
Bajo la luz fría del viejo ascensor parecía que el hechizo se había cortado. Intercambiaron miradas en el espejo y bostezaron casi a la vez. Luego se rieron, y en la planta baja el frío las invitó a abrazarse y despedirse, un beso en la mejilla y otro fugaz en la boca y Carolina desapareció tan rápido como había llegado.

El planeta de los charcos




Pisaron la tierra nueva con desgano. Estaban hartos de llegar a planetas sin vida inteligente. Este, sin embargo, tenía algo que lo hacía diferente: el suelo estaba cubierto con charcos de diversos tamaños, acá y allá, más grandes, más chicos. También había algunas elevaciones, y una hierba corta y muy verde. El cielo era de un celeste intenso, como en las mejores épocas de la Tierra, pero cerca del suelo correteaba una bruma que se hacía por momentos más densa. Había que admitirlo: no había evidencia de vida humanoide o animal, pero tenía cierto encanto que lo diferenciaba del resto. El aire era puro, las pruebas de tierra y agua no detectaron elementos tóxicos, así que se abrieron los trajes espaciales, se quitaron las pesadas botas, y se recostaron sobre la hierba a disfrutar del sol. Era un momento de distensión para la tripulación brasileña, por lo tanto el capitán permitió que se improvisara un picnic con feijoada y cerveza incluidas. Bebieron y comieron hasta el cansancio, pero también hubo tiempo para poner un poco de música y bailar hasta quitarse lo poco que quedaba de los trajes espaciales. De la hierba que pisotearon durante horas quedaba poco, y ya se veían lamparones de tierra en la zona de baile. El capitán, feliz de conquistar el respeto de su tripulación con tremendas libertades, se echó en el suelo a descansar, de costado. El cansancio y la digestión comenzaban a transportarlo a un mundo de somnolencia y confusión. Eso quiso decirse a sí mismo cuando con la cara contra el suelo comenzó a ver cuerpitos humanos con no más de cinco milímetros de alto. Correteaban despavoridos, se escondían debajo de la espesa hierba… ¡bosques! ¡Esa no era hierba! ¡Eran árboles! ¡Bosques diminutos que desde arriba parecían hierba! Y más allá casitas, construcciones que había confundido con piedritas. Quiso vomitar. Vio a sus subalternos saltando y bailando, vio sus pies golpeando el suelo, y se desmayó.
El daño que los brasileños provocaron a aquella tierra fue incalculable. Vistos con lupa, los habitantes de aquel planeta no diferían mucho del nuestro, sólo que eran considerablemente más pequeños. En la Tierra la noticia despertó diversas reacciones. Algunos creían que por su tamaño, estos “pequeños humanos” como se los llamó en la prensa, no tenían demasiado valor. Otros se escandalizaron; no podían creer semejante masacre. Pronto comenzaron las hipótesis de qué pasaría si a la Tierra bajaran botas gigantescas que nos aplastaran. Hoy las visitas al planeta de los charcos no están permitidas por razones obvias. Los brasileños nunca supieron cómo resarcirse. Para algunos es suficiente con dejar al planeta en paz, sin la visita de los grandes humanos. 

*De Guía para un universo

miércoles, octubre 16, 2013

El chalecito*




La primera vez que lo vi fue en mi noveno cumpleaños. Jugábamos a la mancha bajo la parra del patio y, al voltear hacia la puerta del fondo lo vi de pie, apoyado elegantemente contra el marco y con las manos en los bolsillos. Llevaba un traje claro, de verano, una corbata verde oliva y el pelo desordenado. Nos miraba como pensando en otra cosa, hasta que posó fuertemente sus ojos en mí como si quisiera decirme algo. Desconocía a aquel hombre, pero al ser mi cumpleaños no era extraño ver una cara diferente en casa. Podía ser un compañero del taller de papá o quizás un empleado de la confitería donde mi madre era cajera. ¿Y si era uno de esos pasteleros que hicieron con tanto esmero mi torta de cumpleaños? Su presencia no me quitó el sueño, y menos en medio del juego. Corrí hacia el otro lado del patio, eludí un brazo extendido, y cuando volví a mirar hacia la puerta, el hombre ya no estaba.
A la hora de soplar las velas de la torta todos rodearon la mesa del comedor; las caritas que apenas sobrepasaban al mantel miraban con ansiedad cómo mi padre encendía las mechas con un encendedor. Niños y adultos se pusieron a cantar lentamente, extendiendo las sílabas como si alguien comenzara a darles manija, y en ese momento creí verlo al fondo, junto a la tía Lidia, levantando la cabeza y buscando la escena, mientras el resto alzaba la voz ya a buen ritmo y con una energía desmesurada. El silencio que siguió al canto me hizo volver a mi momento especial, pedí tres deseos y soplé con fuerza.
En el desayuno, mientras comíamos los restos de la torta, les pregunté a mis padres por el extraño. En mi plato temblaba un trozo de bizcochuelo decorado con las últimas letras de mi nombre.
-¿Qué señor decís?- preguntó mi madre con la boca llena.
-Ese, de traje y corbata verde.
Ambos intercambiaron miradas. Mi padre frunció el ceño.
-¿Estás segura? No vino nadie de traje- sentenció él. –No conozco a nadie que use traje.
Mi madre largó una risita y un pedacito de bizcochuelo, que fue a dar al mantel de hule.
-Capaz que era el príncipe de la Blancanieves de la torta- dijo tentada, y le hizo una guiñada a mi padre.
Ese hombre no era un príncipe, pero preferí no decir nada. Tenía más pinta de joven inmortalizado en una foto antigua, como esas que guardaba la abuela en el primer cajón de la cómoda.
Un par de meses después de mi cumpleaños la casa era un caos. Las cajas de mudanza entorpecían el camino en todas las habitaciones, que no eran muchas. Nos íbamos a vivir con la tía Lidia porque otro hermano de mi madre había pedido su parte de la casa, que había sido de mis abuelos. Mis padres sabían que ese momento podía llegar, pero ahora deambulaban por nuestro hogar perdido como si se hubiese muerto alguien. A mí me entusiasmaba la idea de mudarme. La casa de la tía Lidia era linda, de ladrillo a la vista y tejas rojas. Una especie de chalet en miniatura. Me encantaba su colección de animalitos de cerámica, que me dejaba admirar y sacar del aparador del comedor si prometía limpiarlos uno por uno con un paño húmedo. La cuestión es que andábamos en plena limpieza y transporte de las cajas. Los peones del camión entraban y salían decididos, levantaban las cosas sin  preguntar nada, y parecía increíble que nuestras pertenencias, estáticas durante tanto tiempo, pudieran irse tan rápido. Mi madre y mi tía hablaban en la cocina mientras guardaban las últimas ollas y sartenes. Lidia trataba de convencerla de no llevar las cacerolas más abolladas, porque ella tenía unas más nuevitas, con teflón para que no se pegaran los fideos. Yo fui al patio a ver si me había dejado algún juguete tirado en el parrillero o en el galpón de papá. Al pasar por la entrada de autos, al costado de la casa, vi a un hombre parado en la vereda, del otro lado del portón. Miraba intrigado cómo los peones se pasaban las cajas mientras daba unas pitadas cortas a su cigarrillo. Enseguida salí disparada hacia la cocina, porque lo había reconocido. Era el de traje, el de mi cumpleaños, no cabía duda.
-Mamá, ¡está el hombre del traje, en la vereda!
-¿Qué decís, Mili?
-El hombre de traje que vino a mi cumpleaños. Está en el portón, ¡vení a verlo!
Mi tía me miró torcido.
-¿Qué le pasa a esta nena, Carmen?- le preguntó a mi madre, como si yo no estuviera presente.
-Anda viendo hombres de traje por todos lados. En este barrio, ¡imaginate!
-¿Es buen mozo?- preguntó Lidia con los ojos chisporroteantes y retorciendo un repasador- ¡Capaz que es un buen candidato para la tía, Mili!
La tironeé del repasador y la arrastré hacia la puerta del fondo.
-¡Vení vos a verlo, entonces!
Una vez en el pasillo, le señalé la calle. El hombre miró hacia nosotras, bajó la cabeza y salió disparado.
-¿Lo viste, tía? ¿Tenía traje o no?
La tía me agarró fuerte de la mano y me arrastró de nuevo a la cocina.
-Vamos, nena. No vamos a mirar a la gente que pasa por la calle con todo lo que tenemos que hacer.

En la casa de la tía dejé de tener cuarto propio. Dormía con ella en una habitación del fondo con dos camas viejas de respaldos de madera oscura y adornos retorcidos. A ella no parecía molestarle el hecho de haber cedido su cuarto a mis padres y dormir conmigo en un espacio que antes había sido su cuartito de costura. Por el contrario, creo que lo disfrutaba un poco. Cuando apagaba la luz de la portátil nos quedábamos boca arriba, charlando sobre la vida y viendo con ojos soñadores las paredes pintadas con la luz que se filtraba por las persianas. Yo sentía que esos momentos de intimidad eran propicios para hablar cosas importantes. Le preguntaba por su infancia, por los abuelos, y hasta por qué se estaba recalentando el planeta. Ella suspiraba antes de responder, procesaba mis preguntas con placer. Creo que cuando se apagaba la luz jugábamos un poco, yo a ser inquisidora y profunda, y ella a contestarme como si fuese una estrella de cine en una entrevista. Una noche le pregunté por qué nunca se había vuelto a casar. Acá más que un suspiro largó una bocanada áspera y densa.
-Ay, Mili, son cosas complicadas esas…
-¿Complicadas por qué?
-No es tan fácil a mi edad… Además estoy muy bien sola.
-¿No te aburrís?
-No, qué me voy a aburrir. Y ahora con ustedes acá menos me voy a aburrir.
Escuché cómo se movía en la cama y se daba vuelta hacia la pared.
-Dormite, Mili. Que mañana tenés escuela.

Las primeras semanas la vida familiar fue desarrollándose en armonía. Mirábamos la tele todos juntos en el comedor, la tía se reía de los chistes de papá, mamá no dejaba que nadie lavara los platos, y yo limpiaba los adornitos de cerámica una vez por semana. Ya nadie extrañaba la vieja casa; habíamos encontrado nuestro lugar en el chalecito sin sentirnos de prestado o sapos de otro pozo. La que empezó gradualmente a perder su vitalidad y su risa fácil fue la tía. Deambulaba por la casa buscando rincones serenos. Evitaba nuestra compañía en las noches y lloriqueaba cuando se pinchaba la yema del dedo con una aguja. Mi madre estaba preocupada, le preguntaba cosas en susurros, pero no podía sacar nada en claro. Mi padre la tranquilizaba diciéndole que debía estar en “ese momento de las mujeres”, que sería una cuestión de falta de hormonas. Pero mi madre no se convencía. Presentía que había algo que mi tía no revelaba, y estaba dispuesta a averiguarlo. En mi caso, que compartía la habitación con Lidia en las noches, noté el cambio aunque ella se esforzara por que no fuera así. Sus respuestas a mis preguntas eran menos elaboradas, y se excusaba diciendo que estaba cansada. Pero se movía mucho en la cama y le costaba dormirse. Algunas veces la escuchaba sonarse la nariz, pero si le preguntaba, me decía que tenía alergia al polvo de la alfombra. Para animarla le hice un dibujo. Lo pinté con los marcadores nuevos que me habían regalado en mi cumpleaños y que todavía no había usado. Me esmeré retratando a la familia: mamá, papá, la tía, yo, y el chalet de fondo. Estaba orgullosa de mi obra, de los colores que no sobresalían los bordes de las figuras, y se lo entregué en la cocina, delante de todos. Ella lo tomó, lo recorrió con sus ojos, y se puso a llorar. Se cubrió el pecho con mi obra  y se fue al baño al trotecito.
Cuando llegó el verano las tardes se me hacían largas y aburridas. La tía bajaba la persiana del cuarto y dormía “la siestita del burro”, como decía ella. A mi me daban una pila de revistas de Isidoro Cañones que había sido de papá y pretendían que hiciera lo mismo. Pero me conocía las historias de memoria y tampoco quería dormir. En una de esas siestas me puse inquieta. Desde el colchón apoyé los pies descalzos sobre la pared para ver cuántos pasos podía dar hasta extender las piernas totalmente. Luego, cuando dejó de ser divertido, me colgué cabeza abajo, apoyé las manos sobre las baldosas frías y vi una caja de zapatos debajo de la otra cama. La traje hacia mí muy despacio para no despertar a Lidia, y la abrí. Aparecieron cartas viejas, estampitas de santos y algunas fotos. Casi me llevo la sorpresa de mi vida cuando en una de esas imágenes descubrí al hombre de traje, que no estaba de traje, sino con una camisa blanca inmaculada y una sonrisa resplandeciente. Del lado de atrás alguien había escrito: “Piriápolis. Semana Santa”. Apreté la foto contra el elástico de mis shorts, cerré la caja y volví a dejarla en su lugar.
A la hora de la merienda, mientras la tía había ido a la panadería, saqué la foto para mostrársela a mamá.
-¿De dónde sacaste esto?
-De una caja. Es el hombre de traje, ¿ves? ¡No eran inventos míos!
-Dame eso- dijo arrancándome la foto de mi mano. -Qué tenés que andar revisando las cosas de tu tía.
-Pero…
-Andá al frente a jugar, salí de mi vista antes que me enoje, Mili.
-¿Pero qué vas a hacer…?
-Milagros… Cuento hasta tres y no te quiero ver acá. Uno… dos…


Una tarde de domingo mis padres llevaron las sillas de playa al jardincito del frente. Se instalaron para tomar mate y comer rosca con chicharrones. La tía podaba en silencio las rosas con una vieja tijera de jardín. Yo andaba en bicicleta por la vereda, yendo de esquina a esquina una y otra vez. Mientras me imaginaba que montaba una moto inmensa y daba la vuelta en la puerta del almacén, vi a lo lejos un hombre parado frente al chalecito. Miraba hacia adentro y parecía que hablaba con alguien, sin sacar las manos de los bolsillos. Apuré las pedaleadas para saber de qué se trataba. Cuando estaba a pocos metros me di cuenta.  No sabía si detenerme o seguir de largo, pero mi curiosidad fue más fuerte. Me quedé junto al árbol, a una distancia prudencial, mirando su espalda. La cara de la tía parecía que había visto un fantasma.
-¿Qué hacés acá?
-Lidia… Pensé que…
Mi padre se paró. Se quedó ahí, como en guardia, sacando pecho, sin remera y en chancletas. Mi madre seguía la escena  sin dejar de masticar en cámara lenta.
-No tenés que venir acá, ya lo hablamos.
-Tenemos que hablar.
-¿Quién es este muchacho, Lidia?- preguntó mi madre con la boca llena y con un tono que me pareció extraño, entre irónico y de completa satisfacción.
-¿Todo bien, cuñá? – agregó mi padre con el termo entre sus manos, como si fuese a usarlo para defenderse en caso de ser necesario.
-Sí, sí. Todo bien. Él es… un amigo.
Yo abrí la boca para agregar que yo ya lo conocía, pero me contuve.
-Entonces no lo dejes ahí parado- dijo papá. -Pase, pase, no se quede ahí.
Mi tía bajó la cabeza y se corrió para darle paso.
-Carmen, traele una silla al muchacho. ¿Quiere un mate? Recién lo di vuelta. Mili, vení a saludar al señor. ¿Qué día no? Qué calor espantoso. Dicen que de noche se pudre todo. Pero yo no creo más en los meteorólogos. Tome, agarre un pedazo de rosca, está calentita, recién salida de la panadería. ¿Cómo me dijo que se llamaba?...
A mí la ansiedad me hizo huir y pedalear como loca hasta la esquina. Llegué al almacén con una sonrisa, me detuve para recuperar el aliento y ordenar mis ideas. Cuando di la vuelta ya pensaba en cómo nos íbamos a arreglar, cómo íbamos a hacer para entrar todos en el chalecito.



*Publicado en revista Lento, setiembre de 2013






miércoles, mayo 29, 2013

Papa sin sal



  
Hay personas que prefieren no enamorarse, que le temen terriblemente al amor. El miedo a sufrir les hace desarrollar complejos artilugios emocionales para detener cualquier indicio de palpitaciones, rubor en las mejillas, falta de sueño o falta de aire. Lo que no quiere decir que no escojan a alguien como su compañero de ruta. En ese caso eligen una papa sin sal. La papa sin sal no irradia nada en particular. Ni alegría, ni sentido del humor, ni sarcasmo, ni entusiasmo o pasión. Es una sombra. Marca territorio con sigilo, porque sabe que cualquier cosa que fulgure puede llamar la atención de su amante.  Por eso no le pierde pisada. Se mantiene cerca con promesas de estabilidad. Esto funciona por un tiempo. La mansedumbre que le imprime a la relación podría ser irritante para cualquiera, pero para el temeroso amado es cálida y reconfortante.
La papa sin sal puede llegar a ser bella físicamente, pero sin duda carece de atractivo. No tiene una risa contagiosa, ni entusiasmo al hablar, ni una mirada intensa. Pasa desapercibida en grupos grandes o pequeños. Que esté, o no esté, le es indiferente a la mayoría.
Pero no nos engañemos: en el fondo, nadie quiere estar toda su vida al lado de una papa sin sal. ¿Imaginan algo más aburrido que eso? Alguien que sostiene, acompaña, soporta, sí, pero que no irradia luz propia.

Aunque no tengan nada en común, la papa sin sal se amolda, se adapta, soporta, calla. Hará esfuerzos desmedidos por estar a la altura, por mostrarse merecedor del cariño que recibe en cuentagotas. Lo que la papa sin sal sabe, en el fondo, es que probablemente tiene los días contados. Eso en el mejor de los casos. El rechazo inminente de su objeto de deseo puede llegar a darle la oportunidad de tener un brote tierno y verde que busque por sí mismo la luz del sol. Pero por lo general se olvida de sí misma y se pega a su presa, la rodea con convicción, la convence de su amor incondicional,  de que le está dando todo lo que necesita. Quien antes temía al amor ahora ya ni se lo cuestiona; la compañía de la papa sin sal es anestésica contra los dolores del mundo, sobre todo aquellos más terribles, los dolores del amor.



lunes, abril 08, 2013

Sabores de la granja




Una vez alguien se sorprendió al darse cuenta que yo dormía igual que un gato, de costado, con los brazos estirados hacia delante y las piernas recogidas. No me sorprendió la observación. De hecho, no era algo nuevo para mí, que dormía así desde que era una bebé. Dicen que las mascotas se parecen a sus dueños, pero me atrevo a decir que es al revés: los dueños se parecen a sus mascotas.
Mi amor por los gatos ha sido de siempre. Ni siquiera recuerdo muy bien a mi primer gato, porque estaba en casa cuando yo nací y murió cuando yo tenía tres años. Luego diferentes gatos y gatas del barrio fueron haciéndose parte de la familia, algunos con más frecuencia, con más expresiones de cariño o agradecimiento por la comida. De los gatos aprendí muchas cosas. Que no hay excusa para no estar limpia. Que dormir es un placer y una necesidad. Que el ronroneo es una de las mayores y mejores expresiones de placer. Que atormentar cucarachas antes de darles el golpe final es divertido. Que luego de una noche fuera de casa, al volver no hay por qué dar explicaciones.
Mi vida se fue desarrollando así, al ritmo de los gatos. Dormía de día, rodeada de ellos, y salía de noche, a la hora que mis compañeros estaban más alerta que nunca. Me bañaba antes de salir y me bañaba cuando volvía. Comía lo que me dejaran en la heladera, pero mis platos favoritos eran arroz con atún y pollo al spiedo. Mi familia no se preocupaba por mi ritmo de vida, creo que en el fondo les divertía ver cómo los gatos habían influido en mi personalidad. Y si alguna vez les molestaba algo, yo respondía siempre lo mismo: “Los que pusieron un gato en mi cuna fueron ustedes, no yo”.
Cuando conseguí trabajo me fui de casa. Ni el trabajo ni el monoambiente que alquilé eran gran cosa. En el trabajo me costaba mantenerme despierta, y cuando volvía, lo único que quería era dormir. Pero pronto empecé a dormirme en el trabajo. El día que el jefe me descubrió por tercera vez y me echó, no le dije nada. Lo miré con odio a través de mis ojos entrecerrados, y me fui en silencio, orgullosa.
En casa no hacía mucho. Me tiraba en la cama a mirar tele con mis dos gatos. Veía todos los domingos los avisos clasificados, pero no encontraba nada que se ajustara a mí. El dinero comenzó a escasear y la heladera se vació. Los únicos que mantenían el privilegio de la comida eran los gatos. No podía sacrificar su bienestar por culpa de mi desempleo. Seguían comiendo comida para gatos, ahora una marca más barata, pero que igual prometía deliciosos sabores de la granja, como pollo y jamón. Ellos no se quejaban. Es más, esta comida parecía gustarles más. A mi el ruido de las piedritas cayendo en los platitos me tentaba. Tenían un olor fuerte, pero parecían crujientes, y por la ansiedad de los gatos al comerlas, suponía que deberían ser sabrosas. Las empecé a comer como cereales en el desayuno. Las cubría con leche y dejaba que se hincharan. Después pasaron a formar parte de mi almuerzo y de mi cena. Al principio mi estómago hacía un ruido infernal, pero eso solo duró un par de días. Cuando me aburrí de comer siempre lo mismo me llevé los gatos a la azotea para que cazaran palomas. El resultado fue guiso de paloma para todos. Los gatos estaban locos de contentos. Pero mi estómago ya se había acostumbrado a los sabores de la granja, y este cambio repentino le afectó. Me desperté a medianoche con mareo, náuseas y chuchos de frío. Corrí hacia el baño, me arrodillé sobre la alfombra, junto a la ducha, y me preparé. Hice un ruido ahogado con la garganta, y en un segundo estaba afuera. Mi primera bola de pelos. Inmediatamente me sentí mejor. Me lavé los dientes y volví con los gatos, que apenas abrieron los ojos cuando me metí de nuevo en la cama.  


lunes, febrero 25, 2013

Metamorfosis





Voy a tirar la remera de Bowie.
Voy a dejarme crecer el pelo.
Voy a regalar los viejos borceguíes.
Voy a usar vestidos con flores y lápiz labial.
Voy a andar etérea, flotando entre dos y tres centímetros del piso.
Voy a rescatar gatitos.
Voy a hundir mis dedos en un campo de trigo.
Voy a hablar con un murmullo imperceptible.
Voy a recoger las mejores flores de mi jardín.
Voy a bajar la mirada y acariciar el cabello tras mis orejas.
Voy a bailar sin mirar a nadie.
Voy a tejer mi propio capullo.
Porque mi corazón es una copa de cristal de Bohemia en precario equilibrio, un juguete melancólico entre los dedos jabonosos de la noche.




lunes, octubre 08, 2012

Cómo matar a Lucy*




Por primera vez en mi vida experimentaba un genuino deseo de matar.
La acumulación de odio y frustración en el cuerpo te hace sentir enferma, como si estuvieses enfrentando la gripe más resistente. Una no tiene dominio o control del cuerpo, algo extraño se apodera del corazón y del resto de los músculos, se fermenta la sangre, se estrecha la garganta y hay una descompensación en el oxígeno que entra a destiempo en los pulmones.
El deseo de matar tiene su clímax, éste se alcanza solamente una vez, cuando todas las condiciones están dadas para que el cúmulo de energía llegue con éxito a su destino.
 En mi caso bastó ver la cara de Lucy para que los síntomas invadieran rápidamente mi cuerpo. Sentí un choque eléctrico en la nuca, un estremecimiento y un mareo caluroso que me arrojó sobre ella. A través de la niebla de mis ojos vi su carita tonta, su estúpido corte de pelo, sus lentes asimétricos, su postura de perdedora, sus párpados caídos, las comisuras dobladas en un gesto de prematura vejez. Es hermoso perder cualquier rastro de racionalidad. Convertirse en un ser completamente salvaje y amoral, sin obligación de cortesía. Es hermoso duplicar tus fuerzas físicas, reducir tu cerebro al tamaño de una nuez, arrojarte con aplomo sobre la nariz puntiaguda y brillante del enemigo, desencajarla en un par de segundos con el filo de tu boca y hacerla sangrar después de un simple crac; arrancarle puñados de pelo en tirones rápidos; hundir las rodillas en el abdomen contraído por el miedo; patearle la cintura hasta dejarla morada; desgarrar con uñas de león sus mejillas sonrojadas; todo eso hasta quedar exhausta, hasta que eso que se movía y resistía no lo haga más. Primero arruinaste mi vida, y ahora me convertiste en esto... Por favor Lucy, no me mires así. 




*Montevideo, 2006.

jueves, agosto 30, 2012

Un consejo




Cuando tenía doce años me dieron el mejor consejo de mi vida. Lo hizo una tía abuela, un domingo caluroso, cuando preparábamos la mesa para el almuerzo en su vieja casona del Prado. Mientras yo acomodaba la vajilla inglesa ella encendió un Republicana sin filtro y tosió como un perro enfermo. Sin preámbulos me preguntó si estaba enamorada. “Enamorada”. La palabra me ruborizó. Le dije que no. Entonces esta mujer, que había conducido un jeep militar con guantes de cuero, que había sido una especie de Mata Hari de su época, me miró a los ojos, lanzó un humo espeso y me señaló con su dedo huesudo. “Recordá esto que te voy a decir. Nunca te enamores de alguien que sea menos inteligente y menos interesante que vos”. Yo sonreí con timidez, acomodé los tenedores de alpaca y creí entender. Ella estaba sola, en una gran casa llena de fantasmas, intentando salvarme. Sabía lo que decía. 




jueves, julio 26, 2012

Morrón y cuenta nueva




Un día nos conocimos y nos gustamos.
El problema era que nuestros corazones estaban chamuscados y adoloridos. Cada vez que nos acercábamos se contraían, reculaban, no querían saber de nada.
Así que ante la incapacidad de ofrecernos mutuamente nuestros órganos, los sustituimos por morrones.
Morrones recién arrancados. Rojos. Intensos. Brillantes. Perfumados.
Se adaptaron rápidamente a nuestros cuerpos. No latían como los corazones. Tenían una vibración casi imperceptible y constante, un cosquilleo fresco que impulsaba la sangre y erizaba los lóbulos de las orejas.  
Así es como cada vez que escribía en mi libreta y pensaba en sus ojos, dibujaba un pequeño morrón cruzado por una flecha. A su vez, un día de San Valentín recibí por debajo de mi puerta una esquela que decía “Mi morrón te pertenece”.
Hoy somos felices. Cada vez que pasamos por delante de una verdulería y vemos un cajón lleno de morrones, sonreímos.