jueves, enero 08, 2015

Cordón Soho (2014) Cap.1




1.
Se despertó y la resaca fue todo lo que sintió. Se desperezó, salió de la cama, se calzó las pantuflas y levantó la persiana para dejar entrar el sol. Apretó fuerte los párpados y se concentró en el dolor de cabeza que le empezaba en la nuca y le terminaba entre medio de los ojos. Fue a la cocina haciéndose masajes en la base de la nariz y en el pasillo chequeó que el cuarto de Tati estuviera vacío.
Continuó y en el camino se topó con los restos de la fiesta de la noche anterior. Con desgano se preparó un café con leche, lo empinó de pie apoyada contra la mesada y cuando terminó se dispuso a arreglar el desastre. Abrió la ventana del living para sacar el olor a cigarrillo, vació los ceniceros, lavó los vasos, embolsó las botellas, lavó la licuadora, roció Blem sobre los muebles, sacudió la tela de los sillones, barrió y pasó un trapo húmedo y jabonoso por todo el piso.
  Los recuerdos le venían borrosos, en oleadas. Había sido una noche movida, con amigos suyos y de Tati yalguna que otra cara nueva que no se sabía muy bien cómo había llegado ahí. Ella había empezado a disfrutar la velada al segundo mojito, cuando dejó de importarle si los invitados usaban posavasos o si entraban con los pies sucios. Conectó la Mac a los parlantes, abrió el Virtual Dj y se encargó de ambientar la reunión, lo que resultó en un éxito en la pista de baile (el espacio de living que quedaba una vez que se corría la mesa de café y el sillón). Bailaron desde Abba hasta los Yeah Yeah Yeahs, desde Erasure hasta The Sex Pistols, desde Lady Gaga hasta Rafaela Carrá. Las botellas vacías no dejaban de acumularse en la cocina, alguien fue a comprar hielo a la estación de servicio, los mojitos fueron lo mejor que se le ocurrió a Tati, que no dejó de machacar menta toda
la primera mitad de la noche. El cogollo llegaba en cantidades industriales y hasta hubo dos o tres que se dieron un saquecito en el baño. No faltó nadie. Pasadas las tres de la mañana incluso llegó el gordo Gizmo con dos amigos. Tati le había mandado un mensaje cuando él estaba en el bar, y para no cortarse solo invitó a sus amigos y enfilaron a pie las diez cuadras que los separaban del viejo apartamento. Valentina en seguida puso los ojos sobre la chica que llegó con él. Una morocha de ojos negros y cerquillo que le llamó la atención. Al otro chico ya lo conocía, era Miguel, un egresado de la escuela de cine, menudo y raído, al que dos por tres se encontraban en Cinemateca y se les pegaba como chinche.
Gizmo era más que nada amigo de Tati, y esa para Valentina era una amistad difícil de explicar. Era artista plástico, músico semifrustrado, o dicho de otro modo, un dealer a tiempo completo. Tenía más de cuarenta años y se rodeaba de la crema juvenil y roquera del momento. Le decían Gizmo porque era redondo y de ojos grandes, pero si lo tocaba una gota de agua seguramente se convertiría en un gremlin furioso. Deambulaba entre la gente con el vaso en la mano, como un dandi arrogante y venido a menos. Hasta que alguien le daba charla, y si el interlocutor demostraba tener un mínimo de nivel cultural, sacaba a relucir su lado erudito y sensible.
La chica, que rápidamente averiguó se llamaba Carolina, no dejó de bailar en toda la noche. Valentina chequeó qué música era la que la activaba más y empezó a organizar el set según su lenguaje corporal. Los puntos altos de entusiasmo fueron con Daft Punk, Billy Idol, Cassius, Madonna y Chuck Berry. La estrategia funcionó porque se le acercó varias veces para celebrarle la selección, hasta que la tomó de la mano y la sacó del puesto de dj para bailar.

Cuando terminó de limpiar, se duchó y se apuró para llegar a tiempo al almuerzo familiar. Los domingos eran los días para volver al caparazón, para recuperarse del fin de semana, para dejarse mimar por sus padres y luego volver a casa, andar por el viejo apartamentito en pijama sin que nadie la molestara. Tati casi nunca estaba los domingos, trabajaba o se iba a pasar el día a la casa de su madre en Sayago y no volvía hasta la noche. Una vez de regreso y si hacía menos de quince grados, Valentina prendía la estufa a gas, abría el Illustrator en la computadora y se ponía a trabajar. Le ponía “reproducir” a una carpeta que justamente se llamaba “Domingo” y que contenía canciones de The Nacional, The head and the heart, She and Him o Fiona Apple. Todo era más que perfecto cuando había en la casa una barra de chocolate y suficiente café para poner en el fuego.

Faltaba poco para el amanecer y recurrió a la carpeta “Tranqui”. Los pocos que quedaban en el apartamento mutaban en el suelo o en el sillón, hablaban una media lengua que destilaba alcohol y nicotina. Se recostó contra una pared y encendió un cigarrillo. Carolina se le unió y le pidió fuego. Tenía el cerquillo hacia el costado y el rímel un poco fuera de lugar, como en una imagen en 3D vista sin lentes, lo que para Valentina la hacía verse más real e interesante. Hablaron sobre música, libros y cine. Se rozaron, apoyaron la cabeza en el hombro de la otra, se sonrieron sin motivo, estuvieron de acuerdo en que deberían ver juntas Mulholland Drive y compartieron un último vaso de cerveza casi tibia. Gizmo se levantó del sofá para ir a servirse agua a la cocina. Cuando pasó junto a ellas no las miró, pero dijo por lo bajo: “yo sé lo que está pasando”, y continuó su camino. Carolina bajó los párpados e hizo una mueca con la boca; luego buscó el teléfono en el bolsillo de su campera de cuero.
Chequeó mensajes mientras Valentina se terminaba la cerveza y pensaba cómo iba a terminar la noche.
—Me tengo que ir.
—¿Ya?
—Sí... ¿“Ya” decís? Está saliendo el sol —y se rio con
una risa ronca.
—Por eso. Quedate.
—No puedo... —y la miró con lástima, o con culpa. Valentina no supo bien.
Bajo la luz fría del viejo ascensor parecía que el hechizo se había cortado. Intercambiaron miradas en el espejo y bostezaron casi a la vez. Luego se rieron, y en la planta baja el frío las invitó a abrazarse y despedirse, un beso en la mejilla y otro fugaz en la boca y Carolina desapareció tan rápido como había llegado.

El planeta de los charcos




Pisaron la tierra nueva con desgano. Estaban hartos de llegar a planetas sin vida inteligente. Este, sin embargo, tenía algo que lo hacía diferente: el suelo estaba cubierto con charcos de diversos tamaños, acá y allá, más grandes, más chicos. También había algunas elevaciones, y una hierba corta y muy verde. El cielo era de un celeste intenso, como en las mejores épocas de la Tierra, pero cerca del suelo correteaba una bruma que se hacía por momentos más densa. Había que admitirlo: no había evidencia de vida humanoide o animal, pero tenía cierto encanto que lo diferenciaba del resto. El aire era puro, las pruebas de tierra y agua no detectaron elementos tóxicos, así que se abrieron los trajes espaciales, se quitaron las pesadas botas, y se recostaron sobre la hierba a disfrutar del sol. Era un momento de distensión para la tripulación brasileña, por lo tanto el capitán permitió que se improvisara un picnic con feijoada y cerveza incluidas. Bebieron y comieron hasta el cansancio, pero también hubo tiempo para poner un poco de música y bailar hasta quitarse lo poco que quedaba de los trajes espaciales. De la hierba que pisotearon durante horas quedaba poco, y ya se veían lamparones de tierra en la zona de baile. El capitán, feliz de conquistar el respeto de su tripulación con tremendas libertades, se echó en el suelo a descansar, de costado. El cansancio y la digestión comenzaban a transportarlo a un mundo de somnolencia y confusión. Eso quiso decirse a sí mismo cuando con la cara contra el suelo comenzó a ver cuerpitos humanos con no más de cinco milímetros de alto. Correteaban despavoridos, se escondían debajo de la espesa hierba… ¡bosques! ¡Esa no era hierba! ¡Eran árboles! ¡Bosques diminutos que desde arriba parecían hierba! Y más allá casitas, construcciones que había confundido con piedritas. Quiso vomitar. Vio a sus subalternos saltando y bailando, vio sus pies golpeando el suelo, y se desmayó.
El daño que los brasileños provocaron a aquella tierra fue incalculable. Vistos con lupa, los habitantes de aquel planeta no diferían mucho del nuestro, sólo que eran considerablemente más pequeños. En la Tierra la noticia despertó diversas reacciones. Algunos creían que por su tamaño, estos “pequeños humanos” como se los llamó en la prensa, no tenían demasiado valor. Otros se escandalizaron; no podían creer semejante masacre. Pronto comenzaron las hipótesis de qué pasaría si a la Tierra bajaran botas gigantescas que nos aplastaran. Hoy las visitas al planeta de los charcos no están permitidas por razones obvias. Los brasileños nunca supieron cómo resarcirse. Para algunos es suficiente con dejar al planeta en paz, sin la visita de los grandes humanos. 

*De Guía para un universo

miércoles, octubre 16, 2013

El chalecito*




La primera vez que lo vi fue en mi noveno cumpleaños. Jugábamos a la mancha bajo la parra del patio y, al voltear hacia la puerta del fondo lo vi de pie, apoyado elegantemente contra el marco y con las manos en los bolsillos. Llevaba un traje claro, de verano, una corbata verde oliva y el pelo desordenado. Nos miraba como pensando en otra cosa, hasta que posó fuertemente sus ojos en mí como si quisiera decirme algo. Desconocía a aquel hombre, pero al ser mi cumpleaños no era extraño ver una cara diferente en casa. Podía ser un compañero del taller de papá o quizás un empleado de la confitería donde mi madre era cajera. ¿Y si era uno de esos pasteleros que hicieron con tanto esmero mi torta de cumpleaños? Su presencia no me quitó el sueño, y menos en medio del juego. Corrí hacia el otro lado del patio, eludí un brazo extendido, y cuando volví a mirar hacia la puerta, el hombre ya no estaba.
A la hora de soplar las velas de la torta todos rodearon la mesa del comedor; las caritas que apenas sobrepasaban al mantel miraban con ansiedad cómo mi padre encendía las mechas con un encendedor. Niños y adultos se pusieron a cantar lentamente, extendiendo las sílabas como si alguien comenzara a darles manija, y en ese momento creí verlo al fondo, junto a la tía Lidia, levantando la cabeza y buscando la escena, mientras el resto alzaba la voz ya a buen ritmo y con una energía desmesurada. El silencio que siguió al canto me hizo volver a mi momento especial, pedí tres deseos y soplé con fuerza.
En el desayuno, mientras comíamos los restos de la torta, les pregunté a mis padres por el extraño. En mi plato temblaba un trozo de bizcochuelo decorado con las últimas letras de mi nombre.
-¿Qué señor decís?- preguntó mi madre con la boca llena.
-Ese, de traje y corbata verde.
Ambos intercambiaron miradas. Mi padre frunció el ceño.
-¿Estás segura? No vino nadie de traje- sentenció él. –No conozco a nadie que use traje.
Mi madre largó una risita y un pedacito de bizcochuelo, que fue a dar al mantel de hule.
-Capaz que era el príncipe de la Blancanieves de la torta- dijo tentada, y le hizo una guiñada a mi padre.
Ese hombre no era un príncipe, pero preferí no decir nada. Tenía más pinta de joven inmortalizado en una foto antigua, como esas que guardaba la abuela en el primer cajón de la cómoda.
Un par de meses después de mi cumpleaños la casa era un caos. Las cajas de mudanza entorpecían el camino en todas las habitaciones, que no eran muchas. Nos íbamos a vivir con la tía Lidia porque otro hermano de mi madre había pedido su parte de la casa, que había sido de mis abuelos. Mis padres sabían que ese momento podía llegar, pero ahora deambulaban por nuestro hogar perdido como si se hubiese muerto alguien. A mí me entusiasmaba la idea de mudarme. La casa de la tía Lidia era linda, de ladrillo a la vista y tejas rojas. Una especie de chalet en miniatura. Me encantaba su colección de animalitos de cerámica, que me dejaba admirar y sacar del aparador del comedor si prometía limpiarlos uno por uno con un paño húmedo. La cuestión es que andábamos en plena limpieza y transporte de las cajas. Los peones del camión entraban y salían decididos, levantaban las cosas sin  preguntar nada, y parecía increíble que nuestras pertenencias, estáticas durante tanto tiempo, pudieran irse tan rápido. Mi madre y mi tía hablaban en la cocina mientras guardaban las últimas ollas y sartenes. Lidia trataba de convencerla de no llevar las cacerolas más abolladas, porque ella tenía unas más nuevitas, con teflón para que no se pegaran los fideos. Yo fui al patio a ver si me había dejado algún juguete tirado en el parrillero o en el galpón de papá. Al pasar por la entrada de autos, al costado de la casa, vi a un hombre parado en la vereda, del otro lado del portón. Miraba intrigado cómo los peones se pasaban las cajas mientras daba unas pitadas cortas a su cigarrillo. Enseguida salí disparada hacia la cocina, porque lo había reconocido. Era el de traje, el de mi cumpleaños, no cabía duda.
-Mamá, ¡está el hombre del traje, en la vereda!
-¿Qué decís, Mili?
-El hombre de traje que vino a mi cumpleaños. Está en el portón, ¡vení a verlo!
Mi tía me miró torcido.
-¿Qué le pasa a esta nena, Carmen?- le preguntó a mi madre, como si yo no estuviera presente.
-Anda viendo hombres de traje por todos lados. En este barrio, ¡imaginate!
-¿Es buen mozo?- preguntó Lidia con los ojos chisporroteantes y retorciendo un repasador- ¡Capaz que es un buen candidato para la tía, Mili!
La tironeé del repasador y la arrastré hacia la puerta del fondo.
-¡Vení vos a verlo, entonces!
Una vez en el pasillo, le señalé la calle. El hombre miró hacia nosotras, bajó la cabeza y salió disparado.
-¿Lo viste, tía? ¿Tenía traje o no?
La tía me agarró fuerte de la mano y me arrastró de nuevo a la cocina.
-Vamos, nena. No vamos a mirar a la gente que pasa por la calle con todo lo que tenemos que hacer.

En la casa de la tía dejé de tener cuarto propio. Dormía con ella en una habitación del fondo con dos camas viejas de respaldos de madera oscura y adornos retorcidos. A ella no parecía molestarle el hecho de haber cedido su cuarto a mis padres y dormir conmigo en un espacio que antes había sido su cuartito de costura. Por el contrario, creo que lo disfrutaba un poco. Cuando apagaba la luz de la portátil nos quedábamos boca arriba, charlando sobre la vida y viendo con ojos soñadores las paredes pintadas con la luz que se filtraba por las persianas. Yo sentía que esos momentos de intimidad eran propicios para hablar cosas importantes. Le preguntaba por su infancia, por los abuelos, y hasta por qué se estaba recalentando el planeta. Ella suspiraba antes de responder, procesaba mis preguntas con placer. Creo que cuando se apagaba la luz jugábamos un poco, yo a ser inquisidora y profunda, y ella a contestarme como si fuese una estrella de cine en una entrevista. Una noche le pregunté por qué nunca se había vuelto a casar. Acá más que un suspiro largó una bocanada áspera y densa.
-Ay, Mili, son cosas complicadas esas…
-¿Complicadas por qué?
-No es tan fácil a mi edad… Además estoy muy bien sola.
-¿No te aburrís?
-No, qué me voy a aburrir. Y ahora con ustedes acá menos me voy a aburrir.
Escuché cómo se movía en la cama y se daba vuelta hacia la pared.
-Dormite, Mili. Que mañana tenés escuela.

Las primeras semanas la vida familiar fue desarrollándose en armonía. Mirábamos la tele todos juntos en el comedor, la tía se reía de los chistes de papá, mamá no dejaba que nadie lavara los platos, y yo limpiaba los adornitos de cerámica una vez por semana. Ya nadie extrañaba la vieja casa; habíamos encontrado nuestro lugar en el chalecito sin sentirnos de prestado o sapos de otro pozo. La que empezó gradualmente a perder su vitalidad y su risa fácil fue la tía. Deambulaba por la casa buscando rincones serenos. Evitaba nuestra compañía en las noches y lloriqueaba cuando se pinchaba la yema del dedo con una aguja. Mi madre estaba preocupada, le preguntaba cosas en susurros, pero no podía sacar nada en claro. Mi padre la tranquilizaba diciéndole que debía estar en “ese momento de las mujeres”, que sería una cuestión de falta de hormonas. Pero mi madre no se convencía. Presentía que había algo que mi tía no revelaba, y estaba dispuesta a averiguarlo. En mi caso, que compartía la habitación con Lidia en las noches, noté el cambio aunque ella se esforzara por que no fuera así. Sus respuestas a mis preguntas eran menos elaboradas, y se excusaba diciendo que estaba cansada. Pero se movía mucho en la cama y le costaba dormirse. Algunas veces la escuchaba sonarse la nariz, pero si le preguntaba, me decía que tenía alergia al polvo de la alfombra. Para animarla le hice un dibujo. Lo pinté con los marcadores nuevos que me habían regalado en mi cumpleaños y que todavía no había usado. Me esmeré retratando a la familia: mamá, papá, la tía, yo, y el chalet de fondo. Estaba orgullosa de mi obra, de los colores que no sobresalían los bordes de las figuras, y se lo entregué en la cocina, delante de todos. Ella lo tomó, lo recorrió con sus ojos, y se puso a llorar. Se cubrió el pecho con mi obra  y se fue al baño al trotecito.
Cuando llegó el verano las tardes se me hacían largas y aburridas. La tía bajaba la persiana del cuarto y dormía “la siestita del burro”, como decía ella. A mi me daban una pila de revistas de Isidoro Cañones que había sido de papá y pretendían que hiciera lo mismo. Pero me conocía las historias de memoria y tampoco quería dormir. En una de esas siestas me puse inquieta. Desde el colchón apoyé los pies descalzos sobre la pared para ver cuántos pasos podía dar hasta extender las piernas totalmente. Luego, cuando dejó de ser divertido, me colgué cabeza abajo, apoyé las manos sobre las baldosas frías y vi una caja de zapatos debajo de la otra cama. La traje hacia mí muy despacio para no despertar a Lidia, y la abrí. Aparecieron cartas viejas, estampitas de santos y algunas fotos. Casi me llevo la sorpresa de mi vida cuando en una de esas imágenes descubrí al hombre de traje, que no estaba de traje, sino con una camisa blanca inmaculada y una sonrisa resplandeciente. Del lado de atrás alguien había escrito: “Piriápolis. Semana Santa”. Apreté la foto contra el elástico de mis shorts, cerré la caja y volví a dejarla en su lugar.
A la hora de la merienda, mientras la tía había ido a la panadería, saqué la foto para mostrársela a mamá.
-¿De dónde sacaste esto?
-De una caja. Es el hombre de traje, ¿ves? ¡No eran inventos míos!
-Dame eso- dijo arrancándome la foto de mi mano. -Qué tenés que andar revisando las cosas de tu tía.
-Pero…
-Andá al frente a jugar, salí de mi vista antes que me enoje, Mili.
-¿Pero qué vas a hacer…?
-Milagros… Cuento hasta tres y no te quiero ver acá. Uno… dos…


Una tarde de domingo mis padres llevaron las sillas de playa al jardincito del frente. Se instalaron para tomar mate y comer rosca con chicharrones. La tía podaba en silencio las rosas con una vieja tijera de jardín. Yo andaba en bicicleta por la vereda, yendo de esquina a esquina una y otra vez. Mientras me imaginaba que montaba una moto inmensa y daba la vuelta en la puerta del almacén, vi a lo lejos un hombre parado frente al chalecito. Miraba hacia adentro y parecía que hablaba con alguien, sin sacar las manos de los bolsillos. Apuré las pedaleadas para saber de qué se trataba. Cuando estaba a pocos metros me di cuenta.  No sabía si detenerme o seguir de largo, pero mi curiosidad fue más fuerte. Me quedé junto al árbol, a una distancia prudencial, mirando su espalda. La cara de la tía parecía que había visto un fantasma.
-¿Qué hacés acá?
-Lidia… Pensé que…
Mi padre se paró. Se quedó ahí, como en guardia, sacando pecho, sin remera y en chancletas. Mi madre seguía la escena  sin dejar de masticar en cámara lenta.
-No tenés que venir acá, ya lo hablamos.
-Tenemos que hablar.
-¿Quién es este muchacho, Lidia?- preguntó mi madre con la boca llena y con un tono que me pareció extraño, entre irónico y de completa satisfacción.
-¿Todo bien, cuñá? – agregó mi padre con el termo entre sus manos, como si fuese a usarlo para defenderse en caso de ser necesario.
-Sí, sí. Todo bien. Él es… un amigo.
Yo abrí la boca para agregar que yo ya lo conocía, pero me contuve.
-Entonces no lo dejes ahí parado- dijo papá. -Pase, pase, no se quede ahí.
Mi tía bajó la cabeza y se corrió para darle paso.
-Carmen, traele una silla al muchacho. ¿Quiere un mate? Recién lo di vuelta. Mili, vení a saludar al señor. ¿Qué día no? Qué calor espantoso. Dicen que de noche se pudre todo. Pero yo no creo más en los meteorólogos. Tome, agarre un pedazo de rosca, está calentita, recién salida de la panadería. ¿Cómo me dijo que se llamaba?...
A mí la ansiedad me hizo huir y pedalear como loca hasta la esquina. Llegué al almacén con una sonrisa, me detuve para recuperar el aliento y ordenar mis ideas. Cuando di la vuelta ya pensaba en cómo nos íbamos a arreglar, cómo íbamos a hacer para entrar todos en el chalecito.



*Publicado en revista Lento, setiembre de 2013






miércoles, mayo 29, 2013

Papa sin sal



  
Hay personas que prefieren no enamorarse, que le temen terriblemente al amor. El miedo a sufrir les hace desarrollar complejos artilugios emocionales para detener cualquier indicio de palpitaciones, rubor en las mejillas, falta de sueño o falta de aire. Lo que no quiere decir que no escojan a alguien como su compañero de ruta. En ese caso eligen una papa sin sal. La papa sin sal no irradia nada en particular. Ni alegría, ni sentido del humor, ni sarcasmo, ni entusiasmo o pasión. Es una sombra. Marca territorio con sigilo, porque sabe que cualquier cosa que fulgure puede llamar la atención de su amante.  Por eso no le pierde pisada. Se mantiene cerca con promesas de estabilidad. Esto funciona por un tiempo. La mansedumbre que le imprime a la relación podría ser irritante para cualquiera, pero para el temeroso amado es cálida y reconfortante.
La papa sin sal puede llegar a ser bella físicamente, pero sin duda carece de atractivo. No tiene una risa contagiosa, ni entusiasmo al hablar, ni una mirada intensa. Pasa desapercibida en grupos grandes o pequeños. Que esté, o no esté, le es indiferente a la mayoría.
Pero no nos engañemos: en el fondo, nadie quiere estar toda su vida al lado de una papa sin sal. ¿Imaginan algo más aburrido que eso? Alguien que sostiene, acompaña, soporta, sí, pero que no irradia luz propia.

Aunque no tengan nada en común, la papa sin sal se amolda, se adapta, soporta, calla. Hará esfuerzos desmedidos por estar a la altura, por mostrarse merecedor del cariño que recibe en cuentagotas. Lo que la papa sin sal sabe, en el fondo, es que probablemente tiene los días contados. Eso en el mejor de los casos. El rechazo inminente de su objeto de deseo puede llegar a darle la oportunidad de tener un brote tierno y verde que busque por sí mismo la luz del sol. Pero por lo general se olvida de sí misma y se pega a su presa, la rodea con convicción, la convence de su amor incondicional,  de que le está dando todo lo que necesita. Quien antes temía al amor ahora ya ni se lo cuestiona; la compañía de la papa sin sal es anestésica contra los dolores del mundo, sobre todo aquellos más terribles, los dolores del amor.



lunes, abril 08, 2013

Sabores de la granja




Una vez alguien se sorprendió al darse cuenta que yo dormía igual que un gato, de costado, con los brazos estirados hacia delante y las piernas recogidas. No me sorprendió la observación. De hecho, no era algo nuevo para mí, que dormía así desde que era una bebé. Dicen que las mascotas se parecen a sus dueños, pero me atrevo a decir que es al revés: los dueños se parecen a sus mascotas.
Mi amor por los gatos ha sido de siempre. Ni siquiera recuerdo muy bien a mi primer gato, porque estaba en casa cuando yo nací y murió cuando yo tenía tres años. Luego diferentes gatos y gatas del barrio fueron haciéndose parte de la familia, algunos con más frecuencia, con más expresiones de cariño o agradecimiento por la comida. De los gatos aprendí muchas cosas. Que no hay excusa para no estar limpia. Que dormir es un placer y una necesidad. Que el ronroneo es una de las mayores y mejores expresiones de placer. Que atormentar cucarachas antes de darles el golpe final es divertido. Que luego de una noche fuera de casa, al volver no hay por qué dar explicaciones.
Mi vida se fue desarrollando así, al ritmo de los gatos. Dormía de día, rodeada de ellos, y salía de noche, a la hora que mis compañeros estaban más alerta que nunca. Me bañaba antes de salir y me bañaba cuando volvía. Comía lo que me dejaran en la heladera, pero mis platos favoritos eran arroz con atún y pollo al spiedo. Mi familia no se preocupaba por mi ritmo de vida, creo que en el fondo les divertía ver cómo los gatos habían influido en mi personalidad. Y si alguna vez les molestaba algo, yo respondía siempre lo mismo: “Los que pusieron un gato en mi cuna fueron ustedes, no yo”.
Cuando conseguí trabajo me fui de casa. Ni el trabajo ni el monoambiente que alquilé eran gran cosa. En el trabajo me costaba mantenerme despierta, y cuando volvía, lo único que quería era dormir. Pero pronto empecé a dormirme en el trabajo. El día que el jefe me descubrió por tercera vez y me echó, no le dije nada. Lo miré con odio a través de mis ojos entrecerrados, y me fui en silencio, orgullosa.
En casa no hacía mucho. Me tiraba en la cama a mirar tele con mis dos gatos. Veía todos los domingos los avisos clasificados, pero no encontraba nada que se ajustara a mí. El dinero comenzó a escasear y la heladera se vació. Los únicos que mantenían el privilegio de la comida eran los gatos. No podía sacrificar su bienestar por culpa de mi desempleo. Seguían comiendo comida para gatos, ahora una marca más barata, pero que igual prometía deliciosos sabores de la granja, como pollo y jamón. Ellos no se quejaban. Es más, esta comida parecía gustarles más. A mi el ruido de las piedritas cayendo en los platitos me tentaba. Tenían un olor fuerte, pero parecían crujientes, y por la ansiedad de los gatos al comerlas, suponía que deberían ser sabrosas. Las empecé a comer como cereales en el desayuno. Las cubría con leche y dejaba que se hincharan. Después pasaron a formar parte de mi almuerzo y de mi cena. Al principio mi estómago hacía un ruido infernal, pero eso solo duró un par de días. Cuando me aburrí de comer siempre lo mismo me llevé los gatos a la azotea para que cazaran palomas. El resultado fue guiso de paloma para todos. Los gatos estaban locos de contentos. Pero mi estómago ya se había acostumbrado a los sabores de la granja, y este cambio repentino le afectó. Me desperté a medianoche con mareo, náuseas y chuchos de frío. Corrí hacia el baño, me arrodillé sobre la alfombra, junto a la ducha, y me preparé. Hice un ruido ahogado con la garganta, y en un segundo estaba afuera. Mi primera bola de pelos. Inmediatamente me sentí mejor. Me lavé los dientes y volví con los gatos, que apenas abrieron los ojos cuando me metí de nuevo en la cama.  


lunes, febrero 25, 2013

Metamorfosis





Voy a tirar la remera de Bowie.
Voy a dejarme crecer el pelo.
Voy a regalar los viejos borceguíes.
Voy a usar vestidos con flores y lápiz labial.
Voy a andar etérea, flotando entre dos y tres centímetros del piso.
Voy a rescatar gatitos.
Voy a hundir mis dedos en un campo de trigo.
Voy a hablar con un murmullo imperceptible.
Voy a recoger las mejores flores de mi jardín.
Voy a bajar la mirada y acariciar el cabello tras mis orejas.
Voy a bailar sin mirar a nadie.
Voy a tejer mi propio capullo.
Porque mi corazón es una copa de cristal de Bohemia en precario equilibrio, un juguete melancólico entre los dedos jabonosos de la noche.




lunes, octubre 08, 2012

Cómo matar a Lucy*




Por primera vez en mi vida experimentaba un genuino deseo de matar.
La acumulación de odio y frustración en el cuerpo te hace sentir enferma, como si estuvieses enfrentando la gripe más resistente. Una no tiene dominio o control del cuerpo, algo extraño se apodera del corazón y del resto de los músculos, se fermenta la sangre, se estrecha la garganta y hay una descompensación en el oxígeno que entra a destiempo en los pulmones.
El deseo de matar tiene su clímax, éste se alcanza solamente una vez, cuando todas las condiciones están dadas para que el cúmulo de energía llegue con éxito a su destino.
 En mi caso bastó ver la cara de Lucy para que los síntomas invadieran rápidamente mi cuerpo. Sentí un choque eléctrico en la nuca, un estremecimiento y un mareo caluroso que me arrojó sobre ella. A través de la niebla de mis ojos vi su carita tonta, su estúpido corte de pelo, sus lentes asimétricos, su postura de perdedora, sus párpados caídos, las comisuras dobladas en un gesto de prematura vejez. Es hermoso perder cualquier rastro de racionalidad. Convertirse en un ser completamente salvaje y amoral, sin obligación de cortesía. Es hermoso duplicar tus fuerzas físicas, reducir tu cerebro al tamaño de una nuez, arrojarte con aplomo sobre la nariz puntiaguda y brillante del enemigo, desencajarla en un par de segundos con el filo de tu boca y hacerla sangrar después de un simple crac; arrancarle puñados de pelo en tirones rápidos; hundir las rodillas en el abdomen contraído por el miedo; patearle la cintura hasta dejarla morada; desgarrar con uñas de león sus mejillas sonrojadas; todo eso hasta quedar exhausta, hasta que eso que se movía y resistía no lo haga más. Primero arruinaste mi vida, y ahora me convertiste en esto... Por favor Lucy, no me mires así. 




*Montevideo, 2006.

jueves, agosto 30, 2012

Un consejo




Cuando tenía doce años me dieron el mejor consejo de mi vida. Lo hizo una tía abuela, un domingo caluroso, cuando preparábamos la mesa para el almuerzo en su vieja casona del Prado. Mientras yo acomodaba la vajilla inglesa ella encendió un Republicana sin filtro y tosió como un perro enfermo. Sin preámbulos me preguntó si estaba enamorada. “Enamorada”. La palabra me ruborizó. Le dije que no. Entonces esta mujer, que había conducido un jeep militar con guantes de cuero, que había sido una especie de Mata Hari de su época, me miró a los ojos, lanzó un humo espeso y me señaló con su dedo huesudo. “Recordá esto que te voy a decir. Nunca te enamores de alguien que sea menos inteligente y menos interesante que vos”. Yo sonreí con timidez, acomodé los tenedores de alpaca y creí entender. Ella estaba sola, en una gran casa llena de fantasmas, intentando salvarme. Sabía lo que decía. 




jueves, julio 26, 2012

Morrón y cuenta nueva




Un día nos conocimos y nos gustamos.
El problema era que nuestros corazones estaban chamuscados y adoloridos. Cada vez que nos acercábamos se contraían, reculaban, no querían saber de nada.
Así que ante la incapacidad de ofrecernos mutuamente nuestros órganos, los sustituimos por morrones.
Morrones recién arrancados. Rojos. Intensos. Brillantes. Perfumados.
Se adaptaron rápidamente a nuestros cuerpos. No latían como los corazones. Tenían una vibración casi imperceptible y constante, un cosquilleo fresco que impulsaba la sangre y erizaba los lóbulos de las orejas.  
Así es como cada vez que escribía en mi libreta y pensaba en sus ojos, dibujaba un pequeño morrón cruzado por una flecha. A su vez, un día de San Valentín recibí por debajo de mi puerta una esquela que decía “Mi morrón te pertenece”.
Hoy somos felices. Cada vez que pasamos por delante de una verdulería y vemos un cajón lleno de morrones, sonreímos. 




sábado, julio 14, 2012

Cepillos




En el baño guardo una caja llena de cepillos de dientes. Son de mis ex parejas o de personas que podrían haberlo sido, pero dejaron su cepillo antes de que la relación prosperara.
De hecho tengo una teoría: cuando alguien deja su cepillo, es el principio del fin. Siempre ha sido así. Mis relaciones se empiezan a deteriorar ni bien aparece un Colgate o Pico-Jenner en el vasito de cerámica.
Tengo de todos colores y en diferentes estados. Rojos, violetas, azules, amarillos, naranjas; con mango ergonómico, futuristas o de líneas simples; apenas usados o con las cerdas mirando hacia lugares diferentes.
 Cuando la cajita se empieza a llenar, los voy sacando. Me sirven para remover el sarro del desagüe de la pileta.


lunes, julio 09, 2012

Globo de nieve



Sacudo el globo de nieve en mi mano. Lo dejo sobre el escritorio y apoyo la cara sobre mis brazos para ver la escena. Sé que va a ser breve. Me las ingenio para meterme rápido, para verme y ver desde adentro de la cúpula de vidrio. Las partículas blancas se van asentando en el suelo de plástico. Pero para mí ya no es nieve falsa ni una representación tosca y mal pintada de una ciudad. Ya es una calle fría en vísperas de navidad. Camino por la acera húmeda que absorbe las luces coloridas de los escaparates. Levanto el cuello de mi chaqueta de cuero y enciendo un cigarrillo. Mis botas viejas taconean firmes, espantan a los gatos vagabundos de las esquinas, alertan a los drogones en los portales sucios. Busco un bar. Un lugar cálido para escuchar canciones viejas y emborracharme. La nieve está amainando. El cielo entre los edificios se aclara. Todo es demasiado silencioso. Un cartel de neón me da la bienvenida. Quito la nieve de mis hombros; abro una puerta y desaparezco. 




lunes, mayo 07, 2012

Diseñador



Sos mi cian, magenta y amarillo.
Las combinaciones de vos me estimulan.
Tu perfume con tu lunar con tu sonrisa.
Tus cutículas con tus pestañas con tu pelo.
Tu silencio con tu sudor con tus ideas.
Tu ombligo con tus besos con tus orejas.
Sos mi paleta Pantone al 100%.
Piel sólido mate con aroma a papel recién impreso.


lunes, octubre 24, 2011

Montevideo*

A fines del siglo XIX, el escritor Roberto de las Carreras se refería a Montevideo como "la aldea". Claro, él tenía un dejo de rencor. El dandy bastardo se revelaba contra los convencionalismos burgueses de una ciudad regida por el qué dirán. Paraba en el café Moka, en la calle Sarandí y Bartolomé Mitre. Ahí le dictaba a un secretario sus obras, él no caía tan bajo. Nunca se me ocurriría dictarle mis textos a alguien, pero también he parado en la Ciudad Vieja. El casco antiguo de la ciudad, rodeado de mar y cruzado por fuertes vientos, es un imán para artistas y pseudo artistas que se avispan apenas cae el sol. Algo para picar en el café Bacacay, una cerveza y un masticable en La Ronda. Ya puedo predecir la mística, de un lugar como la Ronda, digo, cuando en el futuro los jóvenes pasen delante de sus ruinas y digan: Acá venían siempre el cantante de la Vela Puerca y los Astroboy. Es lo que tiene Montevideo. Una se codea con fantasmas todo el tiempo. Las fachadas grises, sucias, los caserones con ventanas tapiadas nos recuerdan permanentemente otras cosas, otros tiempos, pese a los stenciles con consignas posmodernas.

Para ser escritor en Montevideo no solo hay que ser valiente. Hay que ser, más que nada, irreverente. Cruzarse con esos fantasmas y no inmutarse. No dejarse amedrentar.   Esa de ahí era la casa de Juana de Ibarbourou. Bien. Acá era el Café Sorocabana. En esta silla se sentaba Onetti. Contra esa ventana Marosa di Giorgio garabateaba sobre las servilletas. Luego, considerar Montevideanos de Benedetti como un librito simpático que leíste en la adolescencia, y poner en un pedestal, eso sí, a John Kennedy Toole. Descubrir en tu calle a Galeano, cuando saca a pasear a su perro, y hacer como si nada. Levantar los hombros con desdén y pensar, bueno, no me gusta cómo manipula las emociones de los lectores.
 
Pero a quién engañamos. Todos tenemos nuestro talón de Aquiles. Cuando en una Feria del Libro un colega me tomó sorpresivamente del brazo y me paró frente a Idea Vilariño, se me paró el corazón. Algunas veces, Montevideo es eso. La aldea que te permite convivir diariamente y casi de igual a igual con los creadores. Los contemporáneos y los que ya no lo son tanto. Los admirados y de los otros. Desde el ómnibus puedo ver borrachos anónimos durmiendo en los portales, y también un mito viviente cruzando en la esquina de 18 de Julio y Yi.   Pero como toda aldea Montevideo tiene sus pros y sus contras. Es romántico y excitante convivir con fantasmas, pero es endemoniadamente difícil brillar antes de convertirse en uno de ellos.

*Texto publicado en la revista española Zona de Obras nº51

jueves, agosto 18, 2011

Escalada

Me agarré a cada una de tus palabras y me convertí en una escaladora experimentada.
Aseguré los mosquetones a las cuerdas. Anudé las cuerdas al arnés. Cubrí mis manos con polvo de magnesio y me aferré a la superficie con fuerza.
Poco a poco ascendí prendiéndome de los escalones de las E; puse mis pies de gato en el centro de las A; trastabillé en las M; atravesé con gracia las O; clavé segura los piolets a las T, y así fui creyendo en cada una de tus frases, que se hacían mejores con cada impulso de mi cuerpo. Subía lentamente, al límite de mis fuerzas: me motivaba lo que veía en la cima.
Descansé sobre las F, no le hice caso a las X, me excedí en confianza, me mareé, y comencé a agarrarme de cualquier palabra que pasara sobre mi cabeza. Las Q eran engañosas, las P se deshacían, y la pendiente se tornó peligrosa. Algunas letras comenzaron a desprenderse, a caer en pedazos sobre mí. El camino se hizo escarpado e inaccesible, las oraciones se agolpaban sin sentido, se contradecían, se desdecían, llenaban de polvo el precipicio.
Bajé magullada y cubierta de raspones, con una L clavada en el casco y una B metida entre mis ropas.
Dicen que hasta los escaladores más experimentados tienen sus días malos, por eso traté se sanarme con palabras de aliento. Pero como alguien me dijo una vez, si las palabras curaran, los botiquines estarían llenos de libros.

martes, agosto 16, 2011

Las fotos de los otros



Cuando estoy de viaje me gusta sacar fotos, registrar cualquier cosa que llame mi atención. Los edificios y paisajes típicos del lugar y esas cosas, pero también los detalles: un gato en una ventana, un anciano leyendo en un café, un muchacho arreglando su bicicleta o unas cuantas hojas flotando en un estanque. Lo que detesto es salir en mis fotografías, ponerme delante del objetivo como si yo fuese importante, cuando mi presencia en el lugar es irrelevante. ¿Qué significado tiene la Torre Eiffel conmigo dándole la espalda? ¿Qué belleza le agrega mi pinta de turista al encuadre del Ponte Vecchio de Florencia? No, mis fotos de viaje rara vez me incluyen. No necesito demostrarle al mundo que yo estuve ahí, eso rara vez le importa a alguien; viajar es una experiencia única e intransferible.

Lo que sí hago, de forma consciente y constante, es meterme en las fotos de los otros. He reflexionado bastante sobre esta afición, aunque no le encuentro mucha lógica. Cuando veo una banda de japoneses desenfundando sus Nikon último modelo, corro sin prurito a colocarme dentro del encuadre. Debe haber cientos de fotos alrededor del mundo conmigo de fondo, pasando, corriendo, levantando una mano, haciendo morisquetas. Me gusta dejar mi huella, ser una presencia curiosa y enigmática en los recuerdos de otros. El tiempo pasará, yo envejeceré en mi lugar, pero mi imagen pixelada y activada en papel fotográfico estará latiendo en los mejores momentos de esos viajeros.

lunes, junio 13, 2011

Mulder & Scully

En un pequeño escenario dos travestis hacen una parodia de Mulder & Scully. Se me da por pensar que Gillian Anderson sentiría envidia ante el cuerpo de su imitador. Sin embargo vuelvo a lo mío, tambaleo y te busco entre la gente que baila y transpira, que acecha y que fuma, que besuquea y estrella vasos contra el piso. Bajo el flash y las luces de colores todos parecemos la misma cosa. Y la cerveza que no me deja enfocar.
Te encuentro en un rincón abrazándote con alguien que conociste hace quince minutos. Confundida vuelvo hacia atrás y busco la salida. En el escenario Mulder & Scully se besan apasionadamente.
Trust no one.





martes, mayo 24, 2011

De copas


Me gusta salir de noche. De noche salimos porque queremos, con el dinero de la semana en el bolsillo y con ganas de convertirnos en nosotros mismos o en alguien más. La oscuridad nos cubre con un velo de misterio; bajo las luces tenues, las imperfecciones se disimulan. Me sorprende lo distintos que podemos llegar a ser apenas cae el sol. Lo veo en mis amigos, en los rostros anónimos que se agolpan en el bar. Algunas cosas sólo se permiten bajo el amparo de la diosa Nyx. El disco de vinilo gira, las papilas gustativas se encienden con deseo imperante de drogas, labios húmedos y tabaco humeante. Hay una chica nueva detrás de la barra. Pasa tensa un trapo sucio sobre el mármol y apenas mira a los clientes cuando le piden otra cerveza o un whisky sin hielo. El cerquillo casi le tapa los ojos y lo sopla con largos suspiros cuando se ve sobrepasada de pedidos. De esto me doy cuenta con el rabillo del ojo, mientras sigo con creciente interés la charla de mis amigos. Están hablando de mujeres, de hombres, de las conquistas de los últimos días, las proezas sexuales y las abstinencias que comienzan a hacer cosquillas en la piel. Además, cuantos más vasos vaciamos, más exuberantes nos ponemos. Decimos cosas de las cuales, por lo menos yo, sé que mañana me voy a arrepentir. Pero nada de eso me preocupa ahora, quiero decir las frases más ingeniosas y regurgitar el alma sin culpa. Es un acto de contrición sin confesionario y sin absolución sacramental.
Pasadas las tres de la mañana llega la persona que secretamente todos estábamos esperando. Estos amigos y amigas a mi alrededor, tan fieles y cercanos, me clavarían un puñal en la espalda sin dudarlo por pasar un minuto con esta criatura. Se dirige con paso decidido hacia la barra, esquiva los bultos con forma de cuerpos sin siquiera mirarlos. Pide un Jack Daniels y se queda ahí, tranquilamente, moviendo suavemente la cabeza al compás de Tom Waits. Mi grupo decide sin decirlo, y por unanimidad, ignorar esta presencia. Hacemos como que no nos importa demasiado y seguimos con nuestra charla, esta vez con menos entusiasmo. Ninguno de nosotros puede evitar desviar la mirada hacia la barra. Envidio secretamente a la chica que está ahí detrás, sirviéndole. Envidio que pueda tomar su dinero y darle el cambio. Que pueda agarrar los vasos que va dejando vacíos con la marca de su boca, que pueda recibir sus suaves “gracias”. Sabemos que nadie en este bar recibirá más que eso, que nadie se atreverá a pedir más. Y aquí va, otra noche. Otra noche en que volveremos a casa con mal gusto en la boca, y con una opresión entre los ojos que nos durará hasta mucho después de que salga el sol.


lunes, mayo 16, 2011

El vaso azul


Voy a ver a mis padres al viejo apartamento. Dejo el bolso de trabajo en el perchero de la entrada, donde hace más de quince años dejaba mi mochila llena de apuntes de facultad. El apartamento es grande y oscuro, no por falta de ventanas sino porque la mayoría de las persianas se mantienen bajas. Las habitaciones están limpias, ordenadas, pero inhabitadas. Mis padres pasan la mayor parte del tiempo en la gran cocina, y ahí los encuentro. Mi madre prepara una cena a prueba de todo: a prueba de colesterol, de arterias tapadas, de hipertensión y sobrepeso. De todas formas se las ingenia para que las verduras luzcan sabrosas. Tanto, que decido quedarme a comer. Ayudo a mi padre a poner la mesa. Me presenta la nueva vajilla. Es de esas imponentes, sólidas y modernas, como se ven en las mesas de las revistas de decoración. Desde hace un tiempo se dedican a renovar muebles y objetos. Queda muy poco de lo que solíamos usar  cuando vivíamos todos en la misma casa. Ya no está la mesa de pata floja con ralladuras de lápices de colores, a no ser en las fotos de reuniones familiares. Tampoco el voluminoso televisor donde veíamos el Coyote y el Correcaminos, que fue sustituido por una discreta pantalla de plasma.
Saco los vasos de la alacena. También son nuevos. Altos, de vidrio grueso y pesado, con líneas bien definidas. Saco tres, y me quedo mirando el espacio vacío. Al fondo, tras otros vasos idénticos, me parece descubrir algo conocido. Un vaso de vidrio azul, pequeño y sin brillo. Es el último sobreviviente de una casta de vasos que solíamos usar hace mucho tiempo. Estiro el brazo y lo traigo hacia mí. Lo sostengo. Me sorprende la cantidad de información que puede guardar un vaso. Almuerzos de domingo con asado, chorizos, y una Coca Cola de un litro ; tardes de invierno haciendo los deberes junto a la estufa  de querosén y tomando té de guaco para la tos; el proyector de cine en los cumpleaños, con Super Ratón, Cupido Motorizado y el labio superior anaranjado gracias a la Fanta.  
Me escabullo de la cocina y me dirijo a la entrada con el vaso contra el pecho. Lo guardo en mi bolso y vuelvo a la cocina. Mi madre trae las berenjenas dentro de una fuente que desconozco. Como si se tratara de una comida de un buen restaurante, todo me deja satisfecha. Pero como en todo restaurante, después de la comida uno siempre quiere volver a casa.

martes, marzo 29, 2011

Haikus para Japón


entre las casas
origamis de papel
siguen el agua


todos los dioses
miraron hacia japón
y no entendieron


la tierra feroz
silenció a fukushima
ahogó sus grullas


volver a empezar
mandato milenario
donde nace el sol



N.M.


martes, marzo 01, 2011

Un buen libro



No sé qué convierte a un libro en un buen libro.
En realidad lo sé, pero no podría ponerlo en palabras de crítico literario.
Sin embargo, es algo bastante simple.
Un buen libro te toma del cuello desde la primera frase.
Te hace desear pasar la página.
Te saca horas de sueño.
Te merodea en el trabajo, en el viaje en ómnibus o en el supermercado.
Los personajes de estos libros se te aparecen, son similares a los rostros de la calle, aunque la historia ocurra muy lejos, en otro continente, en otro tiempo.
Un buen libro ocupa el mejor estante de la biblioteca.
Cuesta prestarlo, aunque sea a tu mejor amigo.
Se subraya. Se vuelve a abrir en los momentos importantes de la vida.
Se puede leer varias veces y siempre tiene algo nuevo que decir.
Nos agita, nos estimula, nos obsesiona.
Duele terminarlo.
Un buen libro te abre una puerta,
pero no te deja volver atrás.




J.D. Salinger