miércoles, agosto 21, 2013

Cuestión de perspectiva



Cuando me paraliza el miedo, cuando pienso que lo nuestro no puede ser, que es demasiado complicado, me alejo. Más precisamente, me elevo. 
Sobre las azoteas del barrio veo la gente que viene y va, un auto estacionado en doble fila, el perro del vecino oliendo el viejo árbol de la esquina. ¿Me sigue pareciendo difícil? Entonces subo un poco más. Y veo otros barrios. Cómo se recorta el río en el horizonte. Ya casi no diviso nuestro techo ni la ropa colgada. No distingo a la gente, que se convierte en puntitos que se mueven lento. Todavía siento ansiedad. Entonces sigo. Y la ciudad se transforma en una mancha cuadriculada, rodeada de campos fértiles y serpientes de agua. Poco a poco nos desdibujamos, dejamos de tener protagonismo. Me atrevo a seguir, por puro capricho, para convencerme del todo. Y veo el continente, y el océano, y los picos más altos. El planeta se muestra cada vez más redondo y cada vez más lejano. Todo se oscurece. Hace frío y sigo mi viaje. Las estrellas me encandilan y nuestro mundo resulta insignificante, una canica que podría tomar delicadamente y luego devorar de un bocado. En un instante lo pierdo de vista, como si realmente lo hubiese tragado, y me quedo flotando en la nada, sintiendo como palpita mi cuerpo. Cierro los ojos. Finalmente comprendo que somos insignificantes; allá abajo hay dos destellos de energía que debe consumirse como mejor les plazca. Ahora sí, me apuro en descender, en atravesar las nubes y volver a ver el cielo azul. Busco el continente, nuestra pequeña ciudad, nuestro barrio, nuestra azotea, y caigo en el sillón, y te tomo de la mano, y me convenzo de que vale la pena. Que somos tan poca cosa que sería una estupidez que esto, ahora, no fuera todo.




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