lunes, febrero 07, 2011

Pastel sobre papel


La mujer desnuda, peinándose, muestra a diario su espalda a cientos de visitantes que, como yo, deambulan por el museo. Da pudor mirarla. No por su desnudez. Sino por la intimidad extrema que queda revelada, la mirada atenta y obsesiva de Degas en todos los detalles. Desde donde estoy parado ocupo el lugar del artista. Estoy rígido y con pies cansados, agarrado a mi morral.  Puedo mirarla sin que se dé cuenta durante el tiempo que yo quiera. Puedo ver las pinceladas centenarias; la luz fresca y cálida, pese el paso del tiempo, sobre una piel blanquísima. Me quedo unos cuantos minutos tratando de guardar los detalles en mis retinas. Soy uno más en la lista de voyeurs que husmean en la cotidianeidad de esta mujer que desconocemos. Espero que suelte su pelo, que volteé para ver su rostro, pero no lo hace. La sensación de calma y bienestar se ve turbada por esa verdad. La de la quietud absoluta y definitiva.
Dejo mi lugar privilegiado a una pareja nórdica, y decido que tengo hambre. Subo al café del primer piso, pido un sándwich y una Coca Cola y enciendo la laptop. Voy a hacer mi entrada diaria en el blog, voy a contar las cosas que he visto y sentido en las últimas horas. Un poco para intentar hacer perdurar todas estas emociones, otro poco por simple autocomplacencia. Primero, como es costumbre, reviso la bandeja de entrada. Ignoro los mails de trabajo. Descubro uno cuyo remitente me hace, automáticamente, poner la espalda recta. Cliqueo y lo abro.
 No dice mucho.
O sí.
Leo: “Para vos”. Abro el archivo adjunto. Una foto en jpg que pesa 182k. La reconozco. No necesito ver su cara para hacerlo. Tras el brazo en alto, es ella. Recoge su pelo con ese gesto que le he visto repetir tantas veces. Reconozco la piel bronceada y tensa que beso, huelo, muerdo. La oreja tierna, redondeada e infantil que adhiero a mis labios; el cuello perfumado, amotinador.
Se dilatan mis pupilas.
Me mareo.
En la mesa de al lado, un hombre de mediana edad y de origen incierto, toma café y mira hacia mi pantalla. Instintivamente la muevo, la inclino, desvío la posición de la máquina. Decido ser egoísta, el único espectador; el dueño avaro y codicioso de este instante. Hago de cuenta que me pertenece. Invento que la belleza violenta y absoluta no siempre tiene por qué ser compartida.  

1 comentario:

Laura dijo...

Comparto, no siempre tiene que ser compartida...no deberìa.
Lindo leerte Nachu.